
Uno de los momentos imaginarios más interesantes que narra “el pianista” del cabaret Mogambo, un testigo judicial en el cuento de Ricardo Piglia que tiene al músico por título, es el salto que da el mono del local, llamado Thelonious, sobre el mostrador, con el propósito de meter sus dedos en la bebida del juez para saborear su whisky y chupárselos en la huida.
Una pirueta animal juguetona que señala la desfiguración fugaz de las estrictas formas de la ley, en ese punto fronterizo caótico argentino con Brazil, entre la “civilización” y la “selva”, en el que el personaje tocaba jazz, y al que el funcionario llegó de lejos para investigar dos muertes violentas en el contexto de un supuesto trío que autofilmó algunas de sus aventurillas felices por el monte.
Buenísima imagen extraña esta que presenta el cuentista para, por medio de la transgresión de Thelonious, dar aviso, premonizar, el futuro desvarío pasional del juzgador mientras examinaba la película casera recuperada en evidencia. La legalidad quedó embrujada por el gesto del mono, seducida y paralizada por la maravilla de su astucia. Pero el narrador nada dice sobre ello.
¿Si has venido a la tierra para imponer el orden racional en este mundo y en el proceso un mono guasón te roba dos chorros del trago en una barra decadente, ¿qué significa eso amigo lector, qué quiere decir, su señoría? —MCC.