Toni Morrison, Premio Nobel de Literatura de 1993.

Trabajábamos en librerías y en aquel momento empezamos a leer Jazz, novela de Toni Morrison, en las mesas de entrada, mientras esperábamos clientes. Luego de esa experiencia de lectura de pie y en aire acondicionado con la Negra escritora en el Caribe, era imposible salir de allí a publicar estupideces en ningún sitio o decirlas ante extraños.

Sólo nos permitíamos una especie de estupidez íntima.

Obviamente había exepciones en la Brigada Anticlichés que juntamos en la mente entre el 95 y el 97, pero la escritura de Toni, cruda y en su idioma original, fue un modelo de contención bien alto que señalaba la ejecución artística como acción directa liberadora.

Comprendimos que como estudiantes burguesitos colonizados, inconformes humanistas de cuneta santurcina con matojos sin un peso, literal y simbólicamente, por la levadad pajera, teníamos que sentarnos a intentar conversar, escribir y flotar como ella lo hacía antes y después del Nobel de 1993. “Dejarnos de pendejaces”.

Voy a releerla.

Pienso que así podría revivir aquellas bellas restricciones a la lengua que nos imponíamos para tratar de comprender tan inmaduros y bocones en el anonimato pre-Internet la obra de Toni, el barrio, el mundo inamovible injusto que rodeaba nuestras dos, tres, cuatro burbujas. —MCC.

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