Por Manuel Clavell Carrasquillo

De la Redacción de Estruendomudo

Existen ejemplos claros e inequívocos de la importancia del nombre para una persona. 

Uno de ellos es que el sistema automatizado Alexa protesta si confundes su nombre por el de Siri. Inmediatamente procede a lanzarte un comentario cínico sobre Siri y te dice que, si la ves, la saludes de su parte. Qué atrevida.

Esa respuesta no es otra cosa que un regaño solapado de la máquina por haber confundido el comando que activa sus servicios virtuales. 

Es así que el propio sistema reprende a la usuaria y la obliga a rectificar, obligándola por la vía pasiva a llamar al programa por el nombre elegido por la empresa. Un aspecto básico para que fluya la “comunicación”. 

Algo similar ocurre en la calle cuando una persona trans, o cualquier otra, solicita que se le llame por su nombre de preferencia y la interlocutora se confunde o se niega a hacerlo.

En ese caso, la malnombrada puede reaccionar con una llamada de atención que haga reaccionar a la otra hablante para que la conversación siga su curso, como hace Alexa, “indignada”, cuando le dicen Siri.

¿Es Alexa o es Siri? Esa duda tiene que aclararse y el cantazo inicial de la corrección irónica, más allá de una molestia menor, debe ser superado como cuestión de dignidad y respeto.

Si con Alexa nuestro ego recrecido y libertario tiene que ceder para nombrarla, ¿por qué nos da tanto trabajo hacer lo mismo con un ser humano?

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