May 20, 2009

Gaika pulgosa, amenazada por un perro venéreo y varios chismes literarios

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en gaika: perra salvaje

sequan

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo / Foto: Sequan, CC.

La muy perra hija de la gran puta me trajo pulgas a casa.

Todo comenzó un domingo por la tarde, cuando decidí bajarla para que paseara por el parque Luis Muñoz Rivera de Puerta de Tierra. Mientras me comía un hamburger suizo con papitas fritas y onion rings en el restaurante El Hamburguer, vaya pleonasmo culinario, la Gaika salvaje andaba por el paseo de los bugarrones campeando por sus respetos.

La idea me había surgido en casa: dejar al animalito vasco descargar sus malos humores mientras el yo-amo engullía carne molida a la brasa pisada con cerveza Corona. Magnífica oportunidad para que la caimana canina entrara en calor con la machodumbre maricona del Paseo de los Enamorados o Bajamar: enlechado litoral rocoso mejor conocido como “Las Uvas”; escena sexual al aire libre más caliente de la isla, lugar de encuentros para puñetas furtivas y manoseos olímpicos de apaga y vámonos en el momento en que se escuchan las sirenas policíacas o las risitas de los niños perdidos en la rutina pejeropaisajista de la vuelta del pendejo de los domingos.

Me disponía a ordenar la segunda Corona con limón en el instante en que la Gaika cabrona me ladraba desde la puerta de estacionamiento porque quería que viera un papel color amarillo neón que me había rescatado entre los incisivos para que me enterara de un chisme literario. Una editorial australiana anunciaba en el flyer chillón que dos poetas jóvenes, algunos dicen que de la generación de los novísimos, vendían sus talentos escriturales por un módico precio a aquellos que se matricularan en una cosa rara, cosa nostra, que llamaban “Campamento de Verano Poético: Sólo para Adultos”.

Del susto que pasé, se me viró la Corona agria encima de las onion rings embadurnadas con mostaza. Vaya, qué vainas tenían -y qué terremotos provocaban en mi espíritu riograndeño del Río Grande de Loíza alargado allí: a/dentro- los poetas australianos. Además de estar buenísimos, y tener pecas en sus luengas o anchas y coloradas espaldas, ponían su posmoconocimiento litarario urbano y transnacional al servicio de los “adultos” que estuviesen dispuestos a pagar unos pesitos en tiempos de crisis para escucharlos durante todo un verano. Qué chulo, pensé, un Internado conventual, un método disciplinario, justo lo que necesitan las letras australianas en este estreñido momento poético de vacas flacas.

Ea Virgen, le dije a la perra del diablo y, justo después de invocarlo, se me trepó en el cuerpo en forma de pulga bugarrona de Puerta de Tierra o vil garrapata lambona. La muy vampira lujuriosa había cogido pon en la ensortijada pelambre de mi perrita Gaika y se metamorfosiaba en el demonio Samsa.

-“Hijo mío …pródigo…, charlatán… acá Belcebú:

adelanta si me copias, 10-4”.

Les juro por lo más santo, y que venga dios y lo vea, que al escuchar al Príncipe de las Tinieblas me acordé de la canción Viernes Trece de Vico C, me cagué encima y dije con todas las fuerzas de mis cuerdas vocales afectadas por el tabaco: “ESTO SE JODIÓ, GAIKA, AHORA SÍ QUE ESTAMOS JODIDOS”.

  1. La presidenta de los poetas nacionales australianos asiste a una vista congresional en Indonesia para exigir que, en la discusión sobre la anexión estadista republicana del continente de los canguros al archipiélago necio, se considere la preservación del inglés como lengua nativa. El PEN Club isleño dixit: ENGLISH ONLY, BABY e independientes de Java.
  2. Largo llanto van llorando los cursis poetas australianos ante el toque de réquiem desde la casa de las leyes uruguaya por la muerte del viejo zorrillo perfumado y fidechavista -para colmo-, el alemancito mediometro buenagente y porteño que se dedicó a repartir rimitas escolares antiimperialistas y romanticonas en sendos Inventarios funtamentales y, por ello mismo, flojos y bobos. El mártir de los dios te salve, no te salves, descansa en paz con los gusanos pero los poetas y los periodistas compungidos se pelean los trozos del cadáver.
  3. Entre Angeles y Demonios, acumulado en una profecía vaticana vertida recientemente sobre el Muro de las Lamentaciones en la persona Prada de Benedicto XVI, roto de inventiva imaginaria y perdido en el vello púbico rojo de un poeta australiano, pataleo, luego existo, niego la transubstanciación de LOS POETAS en las colonies de vacances, en los campamentos de verano de las bandejas de comedores subvencionadas por el estado laico llenas de raviolis que se bajan con lechita con Quick. No, no y no. Imposible.
  4. La tribu repite “no te salves, Manuel, no te salves, escocótate en medio del camino” y lo pienso mientras me rasco la herida de la pulga garrapata en pleno sueño del instante -un trance cabillezco- en que se viró la Corona con limón encima de las cebollas retocadas con mostaza. No me salvo. Leo un buscapié fofito, otro wannabi crucificado en el Montparnase (la gauche divine) de la respuesta con tarja de Vidas Unicas. What the hell ahora? Condenado.
  5. El hobby, el bullchiteo, la aurora ensangrentada de la utopía no territorial y no colonial de Pierluisi con 80 congresistas coauspisiadores del proyecto de ley para encasquetar el nuevo estatus australiano; la anexión indonecia. La nueva partria liberada en espanglish y yo condenado en la antipoesía de un mal rato en Puerta de Tierra, a la sombra del camino en espera de La tregua, men, conforme con pedacitos y cantitos de ridiculeces. Hay veces en que uno necesita el teléfono rojo, el botón del Challenger, Houston We Have a Problem. Reculeo, aprieta. 
  6. Entonces recuerdo un pincho compartido por tres panas en la Avenida Universidad, un reguero de patos y nenitos en la calle. Unos besos que nos arrebataron en la cuneta del 8 de Blanco, y llega con él la reminisencia de la publicista australiana, la poeta cardenalicia en catedral viejosanjuanera, más Vidas Unicas, la filantropía absurda de los ricos cultos y, de más decir, exclucomplaciente. Zape, sacude, no te salves y chinga al borde del camimino, como Elvis Crespo a 4.000 pies de altura, en primera clase, al lado de una doña cívica.
  7. Se salta por suertudo.
  8. Chequiamos en el próximo Imago, en la próxima Autosucción, en la primavera cargada de futuro venéreo de las flores del mall, de un sonero perdido. Ay, ay, ay, ay, de la grifa negra de un poeta en Nueva York, de unas letras “femeninas” en un pote [the jar] eso, aquello que se trabaja 2666 veces y no se agota su significado explicitado, unju, en significantes lacanianos y bonitos si se compara el producto con un cactus del Bosque Seco de Guánica o un pamper sucio por la ingesta de comida Gerber. Redacto el Anti-Informe Liboy. 45 pies de eslora se estacionan en una casa en el agua de La Parguera. No te salves, sin alas de colibrí no verás las estrellitas y duendes.
  9. La esterilización de los instrumentos góticos, del melodrama inglés, de Doña Bárbara televisada por Telemundo, hacen que las canas de Santos Luzardo retundere, dice re-tun-dere, en mi cabecita poetizada y veraniega, mas por los poros de la POESÍA NACIONAL AUSTRALIANA brotan los currys rojos más picosos y los guisos de gremlins con coco más loiceños. Unos bocaditos para la señorita Elena, por favor, mientras se presentan los libros de los laureados. Unos piscolabis para la presidenta PEN ofuscada en el vernáculo ONLY. PENVERNÄCULO – El vórtice, el zoco, el simiñoco popeto o la PINGACULO de la litercuadratura en verso australiana, con ello y su planicie boliviana, con las minas de sal y de petróleo con doctorado, autorizado para el servicio redentorista. Una matrícula, un pase, los permisos de embarque, la esperanza en la pedagogía de la matrix en la ceguera del cíclope Neo. Me asechan, porque no soy salvo, le hice caso al poeta: Manuel, no te salves, entrégate a los mosntruos, me decía la pulga, el diablo, el limón de la Corona, y yo -después de condenado en un apartamento de Miramar con mi perra Gaika como única y verdadera interlocutora- preocupado por un imperativo imposible en la casa de la forma de los cobardes. !No te salves!, Qué clase de porquería, el artificio desprestigiado, bndtti, dito, la metáfora apropiada –mot juste– es una perla blanqueada por Residente y Rubén Blades, el marsupial con la barriga embolsillada, acondicionada para digerir la maleza y reventar las encimas de la malacrianza. Too Good To Be True y lo peor: ABSOLUTAMENTE PUBLICABLE.
  10. Cheka.
May 3, 2009

Gaika ladra a su amo, que se hace invisible al final de la cola: Un micro protagonizado por la famosa perra salvaje

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en gaika: perra salvaje

La perra miró mis Kroggs color violeta y lanzó una carcajada.

Ladró. Me dijo ridículo.

@

La fiebre porcina me perturaba la temperatura interna mientras tiraba la puerta tras su ladrido. Casi la dejo sorda, pero no torné a consolarla. Bastante tenía con la realidad inminente que suponía hacer la fila del dispensario para que me dieran las medicinas. El gobierno había racionado el Tamiflu y los antivirales de última hora. No estaba en la lista de prioridades, así que me tocaba la larga vía. Traté de sobornar al dependiente vestido de enfermero socarrón tan pronto lo divisé en la puerta, donde se aglomeraba tanta gente infectada. El tipo ladraba: “Señor, parece mentira, póngase a hacer la fila”. Salí de su vista haciéndome el loco, ignorándolo, como si no hubiese hecho la propuesta nunca. Me puse en fila. Sólo en el fin de la cola volví a lo invisible.

–mcc

May 1, 2009

Ganejo en el altar de la patria o las ganas de joder de Sonia Marcus Gaia

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en utopía

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Presentación del libro La casa en el agua de Jacqueline Rivera.

 28 de abril de 2009.

Sala Federico de Onís, Facultad de Humanidades, UPR.

Por Manuel Clavell Carrasquillo

Me ha tocado presentar La casa en el agua de la profesora y escritora Jacqueline Rivera después de haber sido el editor de una tal Sonia Marcus Gaia (su seudónimo literario) durante diez meses en el periódico Diálogo de esta universidad. A lo largo de esa relación, mayormente telefónica y epistolar a través de la Internet, tuve la oportunidad de reafirmar que Jacqueline Rivera es una escritora disciplinada y rigurosa, sumamente culta, y al mismo tiempo jodedora, amante de las letras latinoamericanas y la mejor poesía del Cono Sur, al tiempo que una experta en la cultura popular rockera y pop, tanto charra como revolucionaria.

Sus diez columnas en Diálogo supusieron uno de los mayores retos de la nueva revista cultural Desafío. Nos propusimos llevarles a los lectores universitarios diez análisis críticos de diez poemas escritos por poetas latinoamericanos, no muy conocidos en la isla, de manera que las provocaciones de la crítica los sedujeran para que leyeran los textos íntegros de las piezas incluidas en cada página Quebrantahuesos.

Ahora que lo menciono, es necesario aclarar que, precisamente ese título que Sonia le robó a Nicanor Parra para darles nombre a sus columnas de periódico, Quebrantahuesos, es la palabra fina que mejor describe el proyecto literario que celebramos hoy. A mi juicio, con la publicación de esta colección de cuentos llamada La casa en el agua, la escritora ha inventado otro artefacto poético con el propósito de romperles el espinazo a los lectores en cuatro o cinco cantos.

Como ella misma explica, ya desde la portada, diagramada por la escritora y artista gráfico Zuleyka Pagán, de Sótano Editores, la columna vertebral de los lectores comienza a salirse de sitio. Allí vemos una foto en blanco y negro que plasma una bella estampa boricua. Cuatro mujeres del pasado sesentoso semifeliz se encuentran metidas en un bote varado en la orilla con intenciones de echarse a la mar. Incluso, una de ellas empuña un remo. Sin embargo, aunque tanto añoran la salida no van a salir jamás de la isla.

Ese rompecabezas, que no es otra cosa que un sinónimo de quebrantahuesos, comienza en la portada y se extiende por todos y cada uno de los cuentos del libro. Los lectores se preguntan cuál es el orden de ese desorden femenino, cuál es la pieza clave en ese andamiaje literario que oculta unos cuantos traumas psiquiátricos y malas jugadas de poder.

La narradora, sin embargo, una niña negra llamada Aimee, se niega a dar respuestas fáciles. Por el contrario, la negrita voluntariosa y preguntona, la única verdaderamente rebelde de la pandilla, no tiene intenciones de explicar cómo fue que la casa de todos nosotros se construyó sobre el agua y casi nadie ha tenido las agallas o los cojones para lanzarse al mar después de la construcción.

En ese sentido, la narradora tiene las mismas ganas de joder que tiene la autora, según ella misma me ha confesado. Para ella, la estrategia de seducción de los lectores en una situación poscolonial como la nuestra es muy sencilla. La escritora piensa que a los habitantes frustrados de un rompecabezas que contiene la imagen de una casa con el “agua hasta el cuello” sólo los convocaría al juego de la libertad la mala leche que significa no poderlo armar.

Esa mala leche, esa forma de narrar sin necesariamente dar explicaciones a lo cartilla fonética de la especie portorricencis que llegó a la juventud en los últimos diez años del siglo veinte, no es otra cosa que un tipo de elctroshock hecho de historias costumbristas directamente dirigido al sistema nervioso central de los lectores.

Digo esto porque las costumbres que se retratan en esa foto de portada, y en cada uno de los cuentos del libro, son las de las mujeres jóvenes que pertenecen o se identifican con la izquierda nacionalista e independentista de este país. Hacer eso, en el seno mismo de dicho movimiento paternalista y patriótico, deja mucho que desear. Deja mucho que desear, sobre todo, y no hay que confundirse aquí, porque está comprobado en las tesis del anarquismo ideológico que el acto de la autocrítica más despiadada y antisentimental es el más revolucionario y profundo de los actos de amor.

Mi teoría es que el acto de amor que es el regalo de La casa en el agua, está precedido por diversos actos de amor de la misma naturaleza realizados por los académicos que pensaron la condición nacional durante esos últimos diez años del siglo veinte. Lo que Jacqueline Rivera hace en este libro es darle vida ficticia a través de un acto literario a la gente que está detrás de la ideología izquierdosa que tanto han analizado los llamados posmodernos.

Si los trabajos de los profesores Arturo Torrecilla, Carlos Pabón, Miriam Muñiz, Carlos Gil, Juan Duchesne Winter, entre los de tantos otros, dibujan el pacto de la izquierda melona con la capitalización y comercialización de la ideología revolucionaria boricua hasta tornarla en inofensiva y parte del discurso del establishment, este libro de Jacqueline Rivera es un intento absolutamente bien logrado de plasmar ese mismo dibujo pero en las letras nacionales tal como si fuera un Terrazo de Abelardo Díaz Alfaro o un Cuentos para fomentar el turismo de Emilio S. Belaval.

De ahí que todas las chamacas de los cuentos pertenezcan a la tribu de jóvenes noventosos que nos lanzamos hacia la Peregrinación de Bayoán para rendir nuestros respetos a los próceres y los mártires de la causa independentista haciendo paradas en cada una de las estaciones que marcan los altares del viacrucis de la patria cautiva y crucificada como si viviéramos las canciones Salimos de aquí y El wanabi del grupo musical Fiel a La Vega.

Me refiero a que la acción se desarrolla de marcha en marcha y de piquete en piquete en lugares como los terrenos ocupados por la Marina en Vieques, la Plaza de la Revolución en Lares, la Plaza del Quinto Centenario en el Viejo San Juan, el Cerro Maravilla y la Plaza de la Invasión de 1898 en Guánica.

Resulta significativo la inserción de las chamacas en el fashionismo revolucionario de los puños elevados y el alcohol, en las ceremonias de galanteo de la izquierda divina y burguesa, en el junte hormonal que las convoca no a morir necesariamente por la patria sino a seguir las palabras bonitas del hombre barbudo que está en el centro de sus deseos mojados.

Esa persecución del barbudo en todas las estaciones del viacrucis revolucionario boricua es precisamente lo que las mantiene ancladas en aquel bote de la portada que sigue anclado en la orilla aunque ellas piensan que se mueven al ritmo de Boricua en la Luna de Juan Antonio Corretjer y Roy Brown. Como si aún estuvieran atrapadas en La charca de Zeno Gandía, pero vestiditas de Gap o Marshalls y bien alimentaditas de Pueblo Supermarket, las chamacas de los cuentos se emborrachan escuchando a Silvio y a Pablo, se pierden en los meandros del estéitment político hueco y terminan arrodilladas ante el falo de ese hombre ideal que la autora identifica como el macharrán que es la ideología independentista isleña.

La niña narradora Aimee presencia los culipandeos reguetoniles de sus madrinas desde la plataforma de cuestionamiento anarcogrunge que provee la consciencia infantil y también desde la escritura, porque mientras las demás quedan envueltas en la fantasía roja del Subcomandante Marcos que todas quieren llevarse a la cama, ella garabatea sus impresiones en sus cuadernos. De ahí que las chamacas le adviertan que no le permitirán que se convierta en una escritora posmoderna y pajera. A esa identificación de los garabatos de la niña, del surrealismo infantil de sus palabras posmodernas y pajeras, es a lo que más le temen estas mujeres estancadas en la marea baja o el agua pasada de la revolución nacionalista.

Como he dicho antes, la autora me confesó que este libro se escribió con muchas ganas de joder, tarea que en la narración recae sobre la niña narradora. Luego de la confesión, le dije a Jackie que si ella jodía la única reacción posible de los lectores iba a ser precisamente joder pal ante, como yo estoy haciendo aquí esta tarde.

Habría que comprender que la estrategia política de la autora es precisamente provocar ese efecto de molestia infinita en los lectores, al igual que la niña narradora lo hace con sus madrinas wanabi. Para Jacqueline, esa es la única salida del laberinto, del rompecabezas, de la casa en el agua en la que se ha convertido el cuerpo izquierdista de la nación puertorriqueña.

En ese sentido, este libro es una recuperación posmoderna de los valores hostosianos, zenogandísticos, pedrerianos y renemarquezcos pero con la diferencia de que Jackie no pretende curar a nadie de enfermedades parasitarias importadas del imperio ni dar lecciones cientificistas sobre el efecto psicológico del colonialismo en el colonizado.

A mi entender, Jackie lo que quiere es joderte la cabeza, como Breton y Dalí, como Nicanor Parra, como la niña voluntariosa y preguntona que nombra como narradora, para que, a través de ese ejercicio quebrantahuesos, se parta en cuatro o cinco cantos la fantasía roja que te mantiene anclado a que la culpa es de los americanos, saques el barco de tu complicidad melona de la orilla autocomplaciente y lo botes hacia nuevos horizontes anarquistas y libertarios.

Ojo, sin embargo, ya es sabido que los autores antinsularistas y críticos de los trapitos al sol de su propio bonche de izquierdosos son todos malditos y no hay que hacerles mucho caso.

Muchas gracias.

-mcc

April 15, 2009

Drag Race in Puerto Rico: Miss Krash Extravaganza 2009

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en pretextos

Manuel Clavell Carrasquillo

Aquí una muestra en vídeo de la noche del jueves pasado a las dos de la madrugada en la discoteca Krash de Santurce.

Como decía esa gran filósofa del draguismo mundial: “Lipsinck for your life”, and remember: “Don’t fuck it up”.

Más detalles en mi libro: “Dragas: performeros de género en Puerto Rico”, próximamente asomando la punta en las librerías del país.

Pulse aquí si el video no se ve abajo.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=zXR-uRF5Ymc[/youtube]

April 12, 2009

Peach Schnapps en Cape Rouge

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

del-precipicio

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

Otra vez el insomnio
anteponiéndose imperial al ruido de un descubrimiento anterior
Uno viejo que regresa
como zumbido antiguo fabricado por el “crack” –
traído por los pelos
de las dos patas de un grillo

Ahora se estipula que es proustiano, ciertamente
y recuerdo el tropezón:

I] Caminata

Hay que apearse del auto
para echar a andar el inevitable ‘de dos en dos’
y llegar enchancletado
al faro de Cape Rouge

Marca el trillo
una sincronía de morivivís en líneas curvas
con arcilla pedrisca en la punta más occidental:
En primer lugar / dos cantos de cemento mal ligao
En segundo lugar / unas pajitas amarillezcas
o una pradera seca como la sherry de los acantilados carmesí
Oséase: Así se topa con el Top
y él mismo lo programa para ver

II] Contemplación

Entre la altura de las olas
y el filo de las lajas
se interpone una sensación
de astillas contra la piel
de viento en descontrol
de ataque con vértigo
Se lanza una guerra de sapos y culebras
contra el oído perforado por el aire macharrán
y cobra caro el desbalance de la entrada forzosa:
Arruina la vacación

Así de malo uno
la pausa es imposible
no se puede contemplar

III] Playa sucia

Un sonido robótico anuncia heladitos de coco y de piña
desde la bahía de abajo
Destruye
junto con el sargazo del gentío
cualquier recuerdo niño
de la playa virgen anterior

April 12, 2009

Tres encuentros poco edificantes: Un escrito inédito de Cezanne Cardona Morales

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

Escribe Cezanne Cardona Morales

Especial para Estruendomudo

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1. Joyce y Proust

 

El 18 de mayo de 1922, mientras París -todavía capital del siglo XIX- se recuperaba de la Gran Guerra e insistía en  armarse de restaurantes, cafés, generaciones perdidas y fiestas movibles, Marcel Proust y James Joyce, quizá los dos novelistas más influyentes de la primera mitad del siglo XX, compartieron sus afinidades enfermizas, mas no literarias. Según el poeta William Carlos Williams, testigo del áulico pero procaz encuentro, Joyce, en medio del bullicio, le dijo a Proust: “Tengo dolores de cabeza todos los días. Mis ojos son terribles.”, a lo que Proust respondió, “Mi pobre estómago. ¿Qué voy a hacer? Me está matando. De hecho, tengo que irme enseguida.” Joyce contesta: “Yo me encuentro en la misma situación, me iré tan pronto encuentre a alguien que me lleve del brazo.” “Charmé”, le dijo Proust”.

Estos dos ácratas de las reuniones burguesas se conocieron en una fiesta en honor al compositor Stravinski, luego de la primera representación de sus ballets, en París.[1] Según el biógrafo de James Joyce, Richard Ellmann, existen varias versiones de tan ominoso encuentro que los lleva desde hablar sobre duquesas y truchas, hasta montarse juntos en un taxi y discutir por el viento y el cristal de una ventana.

Para aquel tiempo James Joyce se encontraba en París celebrando la controversial publicación del Ulysses luego de que éste, resignado a no ver jamás su obra publicada debido a la censura, aceptara que Silvia Beach, dueña de la librería parisina Shakespeare & Company, en la rue del’Odeon,  publicara su novela. Bien era sabido que para Gertrude Stein si alguien mencionaba dos veces a Joyce, cuenta Hemingway, no se le invitaba nunca más a su casa. No obstante, aquel 18 de mayo, y a pesar de sus continuos dolores de cabeza, decidió ir a la fiesta que su amigo y escrior Schiff (Stephen Hudson) lo había invitado. Joyce, llegó tarde y tuvo que excusarse por no llevar traje formal, pero no fue el único en llegar tarde y mal vestido; también lo hizo Marcel Proust, que llevaba un horrendo abrigo de piel. Según Margaret Anderson, en su libro My thirty Year’s War, Proust le comentó a Joyce lo siguiente: “Lamento no conocer la obra de Mr. Joyce.” James Joyce, con petulancia y melancolía, repuso: “Nunca he leído a Mr. Proust.” y, abruptamente, se terminó la conversación, despidiéndose, así, sin más.

Después de aquella enigmática despedida la salud de Proust empeoró y no logró salir más de su habitación forrada de corcho. El 18 de noviembre de 1922, seis meses después de aquel encuentro, Proust murió a causa de una larga neumonía. Joyce, sorprendentemente, acudió al funeral. Aunque, en aquel encuentro del gélido 10 de mayo, aparentemente James Joyce no había leído la obra de Proust, tiempo después, el autor del Ulysses, escribió en su cuaderno de notas: “Proust, bodegón analítico. El lector termina la frase antes que él.”

 

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2. Bertold Brecht y Walter Benjamin

 

 

El 17 de octubre de 1940, una novela policial a cuatro manos quedaba inconclusa. Quizás fue mucho antes o unos días después. Pero lo cierto fue que durante años de amistad, de bibliotecas movibles, juegos de ajedrez y una colección de ciudades asediadas por huestes fascistas, el pensador Walter Benjamin y el dramaturgo Bertold Brecht se reunieron para no escribir una novela juntos. Prefirieron, en su lugar, convocar algunos exilios, discordancias literarias, reírse de nombres o términos como aura, narrador, violencia, testigo, comunismo, capitalismo, “teatro épico”, Hitler, Stalin, burguesía, ciudad, “gesto metafórico”, Baudelaire, Kafka, París, Berlín. De los nueve años que duró el proyecto, seis de ellos la pasaron probando la suerte con una mejor derrota: imaginar, frente a un tablero de ajedrez o una mano de cartas al poker, las escenas de esa novela que jamás podrían escribir.

El proyecto pudo haber comenzado en el otoño de 1933, el mismo año en que Brecht le pide a Benjamin que le cuide su biblioteca en Skovsbostrand, luego de exiliarse juntos ante la subida al poder de Hitler a la Cancillería. Pero ya la “idea para escribir un drama policial” había fracasado desde antes. Habían intercambiado ideas en junio de 1931 frente a un grupo de intelectuales en Le Lavandou. Pero dos años después Benjamin se reúne con Brecht para compartir algunas ideas vagas. Entre éstas estaba definir el propósito del drama: pasar de la teoría de la representación policial de la violencia a la práctica literaria. El lugar de la novela se lo daría la ciudad que nunca fue escogida. La trama ya la tenían: un juez jubilado, que se hace detective, detecta a un pequeño accionista extorsionador. El accionista engaña además a su mujer, que lo descubre. Ella le pide el divorcio. Un día el extorsionador, que regresa a su antiguo trabajo de corredor, va a su oficina y es asesinado por una secretaria. Ella, cuando ve la oportunidad lo empuja por el agujero de un ascensor averiado. Aunque las anotaciones de Brecht y Benjamin son un poco confusas, existen dos cosas en las coinciden. En primer lugar, algunos elementos de la trama como “muestrario, paraguas, florería, papelito con la anotación “me marcho”, cámara, despertador, la fábrica de galletitas, la imprenta, el asesinato sin móvil para ocultar un asesinato con móvil.” En segundo lugar, el desarrollo del detective: “hombre  escéptico que no tiene interés en ninguna construcción jurídica o de concepción del mundo y dedica toda su energía a observar la realidad” Erdmut Wizisla, quien revisó los legajos y anotaciones de Brecht y de Benjamin, encontró que a ambos les interesaba desarrollar una visión particular de la modernidad, un detective que, más que otear la pura maldad  de los sujetos culpables, investigara la causa o el ambiente que motiva la violencia. De esta forma, anota Brecht, las experiencias en el ámbito  jurídico llevan tanto al detective como al lector a “reconocer que en muchos casos las consecuencias de una sentencia  son más nocivas que el acto para cuya expiación se ha dictado la sentencia.”  Tiempo después, huyendo de la Gestapo y habiendo cruzado los Pirineos para llegar a EE. UU., Benjamin se suicida con morfina en un hotel de la frontera entre Cataluña y Francia, Port-Bou, y encunetran un maletín con apuntes sueltos en los que Brecht nunca encontró la novela que ambos querían publicar juntos.

 

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3. Thomas Mann y Theodor W. Adorno

 

 

La historia guarda dos versiones del filósofo y musicólogo Theodor W. Adorno en el caluroso invierno de 1947. La primera lo sitúa como un audaz visitador de sombras y con la sabiduría del abismo frente al reflejo oblongo de un piano de cola, tocando piezas de Verdi, Wagner y Mozart en la casa de Charlie Chaplin, mientras éste lo acompañaba con aquellas genuflexiones que lo habían hecho célebre. Adorno y su esposa habían sido invitados por Chaplin a su casa solariega cerca de Malibú, California, luego de que el filósofo alemán mostrara interés en la película Monsier Verdoux, la cual el también sociólogo utilizó como referencia para ilustrar el abismo entre la individualidad y el carácter social que circundaba la obra de Franz Kafka. Fue en aquella casa que Adorno concibió la siguiente sentencia: “Tan cerca del horror está la risa que el horror provoca, que sólo en esa cercanía adquiere su legitimidad y su poder de salvación.”[2] La otra versión, quizá la más áulica y procaz, sitúa a Theodor W. Adorno en el capítulo XXV de la novela de Thomas Mann, publicada en 1947 con el título de Doctor Faustus, ejerciendo la segunda metamorfosis del diablo frente al protagonista Adrian Leverkühn, sentado en el ángulo de un sofá, con cuello blanco, corbata de nudo; “lentes con aros de concha cabalgaban sobre su nariz aguileña; detrás de los cristales, rebrillaban unos ojos húmedos y sombríos, algo enrojecidos; su rostro ofrecía una mezcla de rasgos puntiagudos y blandos […] en suma, un intelectual de esos que en los periódicos escriben sobre arte y música; una  figura de teorizante y crítico, también compositor en la medida en que se lo permite el trabajo de su pensamiento.”

En junio de 1943, cuatro años antes de que aquella descripción quedara plasmada, Theodor W. Adorno y Thomas Mann, ambos exiliados en Los Ángeles, California, se conocieron en una fiesta que tuvo lugar en Santa Mónica, la casa de Max y Maidon Horkheimer.[3] Allí, cada uno habló sobre sus proyectos; Adorno de La filosofía de la nueva música y Mann sobre la novela que escribía, en la cual pensaba narrar la vida del compositor Adrian Leverkühn y, a su vez, realizar una arqueología del fascismo. Ese mismo año Adorno aceptó, como un Fausto ajado, ser el mentor secreto de Thomas Mann y, sin saberlo, también de Leverkühn, protagonista de la novela y quien, descontento con las manifestaciones musicales que van desde las postrimerías del siglo XIX hasta  el advenimiento del Tercer Reich, realiza un pacto con el diablo con el propósito de superar cualquier limitación artística. En una carta, fechada el 30 de diciembre de 1945, Thomas Mann le pregunta a Adorno lo siguiente:“¿Querría reflexionar usted acerca de cómo se podría poner manos a la obra en el caso de esta obra –me refiero a la obra de Leverkühn-?; ¿qué haría usted si tuviera un pacto con el diablo?; ¿pondría en mis manos tal o cual rasgo musical para favorecer la ilusión? Revolotea en mi mente algo satánico religioso, demoníaco piadoso, a la vez fuertemente ligado y que suene criminal, que se burle una y otra vez del arte, también que retome a lo primitivo elemental…”

Después de varios años y de largas conversaciones sobre filosofía y música, en 1947 Mann le envía un ejemplar de la novela, Doctor Faustus, a Adorno con la siguiente dedicatoria: “al verdadero consejero secreto.” A raíz de una polémica creada por el crítico literario alemán Hans Mayer, Adorno -ahora como visitante absorto en la Alemania de la posguerra y realizando los apuntes para lo que será su Dialéctica Negativa- le escribe una carta a Mann, fechada el 6 de julio de 1950, comentando, con la risa que el horror provoca,  su nuevo retrato en el capítulo XXV de Doctor Faustus como la figura del demonio: “El hecho de que el bueno de Hans Mayer me haya elevado en un libro sobre usted a la categoría de modelo físico de su diablo, con el cual tengo en común apenas algo más que los anteojos de carey, seguramente no lo sorprendió a usted algo más que a mí, que no soy precisamente consciente de tener rasgos diabólicos.”

La respuesta de Mann no se hizo esperar y con un tono irónicamente rapaz negó que aquel retrato fuera el de Adorno: “¿Acaso usa usted anteojos de carey?”[4]¿Llegaría a aceptar Mann que usó los espejuelos de carey para camuflar aquella perversa descripción de quien fuera su mentor fáustico, o simplemente fue una casualidad literaria? Nunca lo sabremos, pero queda el encuentro poco edificante.

        

 

Bibliografía

 

 

Adorno, Theodor W., Mann,Thomas, Correspondencia 1943-1955: , Trad de Nicolás

Gelormini, Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires, 2006.

 

Diesbach, de Ghilain. Marcel Proust. Trad. Javier Albiñana. Editorial Anagrama:

Barcelona, 1996.

 

Ellmann, Richard. James Joyce. Trad. Enrique Castro y Beatriz Blanco. Editorial

Anagrama: Barcelona, 2002.

 

Mann,Thomas. Doctor Faustus, Trad. J. Farrán y Mayoral, Plaza Janés: Barcelona, 1965.

 

Müler-Doohm, Stefan. En tierra de nadie, Theodor W. Adorno: una biografía intelectual,

Trad. Roberto H. Bernet y Raúl Gabás, Herder Editorial, Barcelona: 2003.

 

Wizisla, Erdmut. Benjamin y Brecht: Historia de una amistad. Editorial Paidós:    

Barcelona, 2007.

 

 

 

 

 



[1] El novelista inglés Sindney Schiff (Stephen Hudson) había invitado a su amigo James Joyce y a Marcel Proust a la fiesta, aunque sabía que éste último no asistiría, dado su afinidad a las ausencias. Schiff los conocía a ambos, pero sentía una gran devoción por Proust a quien le había dedicado su novela Richard Kurt, en 1919. (Ellman 565-6)

[2] En en su libro Mínima Moralia Adorno dice: “Uno de los invitados se despidió más temprano, estando Chaplin a mi lado. A diferencia de éste, le tendí la mano distraídamente y la retiré de inmediato casi con brusquedad. El que se despedía era uno de los protagonistas de la película The Best Years of Our Life, que había perdido la mano en la guerra y, en lugar de la mano, tenía un aparato de hierro con el que sabía manejarse. Cuando estreché su diestra y él respondió con la suya a mi saludo, me asusté enormemente, pero me di cuenta de inmediato que no debía mostrarlo en modo alguno al mutilado, de manera que, en una fracción de segundos, cambié mi rostro de espanto por una mueca de compromiso, que debía de ser mucho más espantosa todavía. Apenas se marchó el actor, Chaplin imitó la escena. Tan cerca del horror está la risa que el horror provoca, que sólo en esa cercanía adquiere su legitimidad y su poder de salvación. Citado de Stefan Müler-Doohm, En tierra de nadie, Theodor W. Adorno: una biografía intelectua, pag 468.

[3] Desde niño Adorno soñaba con conocer a Mann, ventiocho años mayor, y hasta llegó a perseguirlo en la isla del Sylt para hablar con él, pero no obtuvo los resultados esperados. Circunstancias de exilios llevaron, veintidós años después, a que éstos se encontraran: “Tuve la sensación –escribía Adorno, al cumplir Mann sus setenta años- de encontrarme por primera y única vez en persona con aquella tradición alemana de la que yo lo había recibido todo: incluso la fuerza para resistirme a la tradición.”

[4] “Hay muchas cosas ingeniosas [en los planteamiento de Mayer], pero también muchas desacertadas o erróneas, y que el diablo en tano erudito musical estaría diseñado según su aspecto es absurdo. ¿Acaso usa usted anteojos de carey? Sea como fuere, ahí no hay ningún rasgo suyo. Es así, siempre se quieren “descubrir” tantas cosas como sea posible.” Carta fechada el 11 de julio de 1950, Correspondencia 1943-1955, pag 79.

April 12, 2009

Exeunt

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=fjj32CavzU0[/youtube]

Escribe Juan Carlos Quiñones

Especial para Estruendomudo

Entra un pájaro.

Estoy escribiendo. Digamos, escribamos que entra un pájaro. Especie desconocida. Una fuga. O un atrape. Entra un pájaro, irrumpe, digamos, y digamos esa verdad de que entra un pájaro y digamos que es verdad que un pájaro es una música. La ventana. Por la que entra. El pájaro. Especie desconocida. Aleteo, una música. Una fuga. Volando. Flap flap, suena. ?Quién describe el sonido? ?De un pájaro chocando? Una música de alas, un aleteo, un aleteo.

El pájaro no puede salir. Puede entrar, él entra, pero no puede salir. Ventana. Digamos ventana. Escribamos ventana. Choca. Pam pam. Pum pum. Pájaro chocando con las paredes, con las ventanas, agotado, aire buscando salir. Una mancha en el paisaje de una pared, Hitchcock, The Birds, se deshace mancha para hacerse pájaro, Zizek, choca con la cabeza de alguien en la película. Un avión se deshace mancha para hacerse avión, para reventarse contundente contra la ventana de una torre, atraviesa, casi atraviesa, y realmente nos atraviesa una barrera. Un pájaro loco. Pasa de un lado al otro del mundo. ?Otro mundo? Este mismo otro.

Yo estoy escribiendo. Yo.

Yo estoy chocando con algunas cosas, menos sólidas que las cosas con las que choca un pájaro. Menos duras que con las que choca un avión, en vuelo loco. Pero se choca. El pájaro atraviesa, en su choque y en su accidente, una barrera. Alado, él atraviesa. Llega desde el mundo de las alas y de los picos y de las plumas y del viento, al universo de estas palabras. Los pájaros son artefactos de carne y pluma diseñados para atravesar. Yo escribo, estas palabras, y quiero esa sensación de viento.

Quiero atravesar. Loco. Yo no soy un pájaro. No me parezco a ese animal. Yo quiero fugarme, quiero entender lo que es una fuga, quisiera entender el vuelo. Yo escribo. Es pobre, ?es pobre? esta imitación del vuelo, del traspaso. Los pájaros se parecen más a la música que a los humanos. Pero sólo los humanos, alados, perciben la música. Sus alas, aquellas las de los pájaros, no sus picos, sus alas. Algo se destruye, y algo se oye. Música. Yo estoy escribiendo digo, escribo, y volar no es una opción, como no es una opción para el pájaro volar ahora. Ahora. Ya, ahora, el pájaro se agota, se le agota algo a su maquinaria. Se aniquila, se sangra, queda ala, queda la fuga del ala y de la pluma. Queda. Yo estoy escribiendo, y hay una música que no se escucha. Un edificio (!tanta gente volando!), dos edificios (!tanta gente bajando hechos plumeros, polvo!), ambos besan cada uno un pájaro,  y se derrumban.

Yo estoy escribiendo.

Sale un pájaro.

March 8, 2009

Por qué no dinamitar el Colegio de Abogados de Puerto Rico

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en fragilidad

juicio-de-alicia

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

Algún anarcoimpulso mal ubicado en el laberinto de la conciencia
nos mueve a rechazar todo aquello que implique restricciones a la libertad por parte de los poderes
que regulan la vida.
 
Esas mismas fuerzas irracionales nos hacen desconfiar de las instituciones,
sobre todo una vaina rara con flamante edificio en Miramar
constituida por miles de abogados y abogadas.
 
Entonces salen a flote cerebral y a flor de labios odios masivos en contra de burócratas anónimos,
burlas y escarnio contra jurisconsultos leguleyos y oficiales colmilludos que,
mediando sotana, peluquín y sello, han fungido como esbirros
cómplices,
del orden injusto,
contrario o así idéntico, burgués y aplastante como el estado de derecho.
 
Pero más allá de esas antiguas ganas de dinamitar la casa de los abogados puertorriqueños
fundamentada en la colegiación compulsoria que quiere eliminar el gobierno del gobernador Fortuño, también licenciado,
lo que pretenden el Ejecutivo PNP y la legislatura PNP
es gobernar sin contrapesos civiles:
disparar contra todo lo que no les convenga a mansalva
sin voces en disenso,
sin oposiciones.
 
Puede entonces recuperarse otro anarcoimpulso menos infantil
que no olvide que los abogados han sido cómplices de las atrocidades humanas más terribles
que no perdone a funcionarios de la corte como Torquemada o el inquisidor que condenó a Galileo
pero que recuerde que también han sido llave
puerta
eslabón
gatillo
de causas como la defensa de los derechos civiles
escudo contra el carpeteo y la persecución política
garantes de discusión libre sobre la soberanía de los sujetos de derecho
del estado de derecho descompuesto por una facción arrebatada así en abstracto
del estado de derecho encarcelado injustamente en Guantánamo, en Las Malvinas y en concreto.
 
Aquella imagen del presidente del Colegio de Abogados de Pakistán
marchando por las calles de Islamabad en pleno golpe de estado militar
y luego arrestado
jamás ha sido vista en Puerto Rico.
El Colegio también ha sido blando/ se ha dejado seducir por politiquerías/
ha pasado por periodos bobos y
no ha hecho mea culpa suficiente de lo chapucero,
ha bailado al son del patrioterismo, la hispanofilia y la fanfarria lameculos
pero ello acusa su imperfección institucional
su carácter híbrido y falible
la verdad de su carácter contingente
y no la necesidad de su clausura.
 
Habría que convocar esa energía anarcoimpulsiva
de la incomodidad
del disidente de conciencia
de la inquietud de espíritu
del hombre justo que se opone a la aplicación de la ley injusta en la Hélade primigenia
del daemón interno que lanzó a Diógenes a caminar con linterna en pleno día por las calles de Atenas.
Habría que volver a Sócrates con riesgo de ser cursis y a aquel juicio sumario:
al de Herodes, si se quiere una referencia menos pagana,
y recuperar la cordura del loco quijotesco
del revolucionario que apoya los postulados de su revolución en el respeto del estado de derecho
para oponerse al desmantelamiento del Colegio de Abogados de Puerto Rico.
 
Habría que recuperar una náusea camuseana
una cosa mala del corazón,
la punzada esa
señalada por el pensamiento alemán, el pensamiento francés,
el pensamiento escurridizo del ciudadano jíbaro que dice unju por las líneas bochinchosas de la banda radial AM
y volcarse sobre los enemigos del poder de la pregunta
cuestionar a los enemigos del poder de la duda sagrada contracódigos y decretos ultra vires.
Habría que hacerles preguntas directas a los velaguiras de la letra
a los demoledores de los procesos de cambio de las letras,
trastocar la paz de los envalentonados por el fuego electoral que ahora pretenden volar el gran question mark
que le sirve a la dama de la justicia como espada.
 
El Príncipe quiere quedarse sin interlocutores.
Los subalternos no tienen voz audible.
 
En este juego de mediaciones absurdas no queda más remedio que “honrar la toga”
y defender en esta encrucijada de cuchillos afilados al Colegio de Abogados de Puerto Rico como morada temporera de K,
hospitalillo precadalso del personaje de El proceso de Kafka.
 
Nadie puede creer que en el momento de la ejecución el mismo K acomode bien la cabeza sobre la piedra para que el verdugo haga mejor su trabajo
 
Nadie recuerda exactamente ni puede creer la grandeza de la posición socrática y su academia antes de beber el tecito de cicuta.
 
Quién recordará tu deseo de inseminar y fundar estados de excepción al estado de derecho sin que los abogados en pleno te lleven la contraria?

February 16, 2009

III Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor Puerto Rico – 2009

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

barco-de-vapor

La Fundación SM y el Instituto de Cultura Puertorriqueña se
complacen en anunciar que, a partir del 1.o de febrero de 2009,
queda abierta la tercera convocatoria del Premio El Barco de
Vapor, que procura promover la creación de una obra literaria
destinada a las niñas y los niños, que fomente el gusto por la
lectura y que transmita, con calidad literaria, valores humanos,
sociales y culturales que ayuden a construir un mundo más digno.
El Premio se concederá de acuerdo con las siguientes BASES:

1. Podrán optar al Premio todos los escritores y las escritoras
nacidos en Puerto Rico, extranjeros residentes en Puerto
Rico por más de quince años o puertorriqueños residentes en
el extranjero, siempre que las obras se ajusten al género de
la narrativa, estén escritas en español, sean originales, estén
inéditas y no hayan sido premiadas en ningún otro concurso,
ni correspondan a autores fallecidos con anterioridad a este
anuncio. No podrá presentarse al Premio el personal de
la Fundación SM, Ediciones SM o el Instituto de Cultura
Puertorriqueña.

2. La obras estarán dirigidas a lectores de 6 a 14 años; tendrán
una extensión máxima de 150 páginas y no menor de 5. Cada
hoja tamaño carta contendrá, aproximadamente, 1 200 caracteres
(incluidos los espacios), y estará escrita a máquina o en
computadora en tipografía 12, a doble espacio y por una sola
cara. Deberán enviarse tres originales impresos, encuadernados,
engrapados o cosidos, y una copia en formato electrónico.
(No utilice el encuadernado de carpeta dura).

3. Cada original irá fi rmado con seudónimo. En sobre aparte y
sellado (rotulado con el título de la obra y el seudónimo), se hará
constar el nombre y los apellidos, la dirección, el teléfono de
contacto y el correo electrónico del autor. Además, se incluirá
en el sobre una declaración fi rmada por el autor que certifi que
que la obra enviada es original, inédita y no premiada anteriormente,
y que no está pendiente de fallo en otros certámenes ni
tiene comprometidos sus derechos con editorial alguna.
Será descalifi cada toda participación que no respete el anonimato
requerido hasta que el fallo sea emitido.

4. Cada concursante podrá presentar cuantas obras desee. Para
todas ellas utilizará el mismo seudónimo. No deben presentarse
autores que hayan ganado el premio en la edición inmediatamente
anterior.

5. Los originales se remitirán mediante correo certifi cado o con
acuse de recibo a la siguiente dirección:
Ediciones SM
Apartado 50091
Toa Baja PR 00950-0091

En el sobre del envío se indicará claramente:
Para el Premio El Barco de Vapor
Una vez hecho público el fallo, los originales no premiados y
sus copias serán destruidos sin dar lugar a reclamación alguna.
Las entidades organizadoras no se hacen responsables de la
posible pérdida o el deterioro de los originales, ni de los retrasos
o cualquier otra circunstancia imputable a correos o a terceros
que pueda afectar el envío de las obras participantes. La Editorial
no mantendrá correspondencia sobre ningún original no
seleccionado.

6. El plazo de admisión comienza el 1.o de febrero de 2009
y termina el 31 de julio de 2009, aceptándose como fecha
la consignada en el matasellos de correo. Por el hecho de
presentarse al Premio, los autores aceptan estas bases y se
comprometen a no retirar su obra una vez presentada al concurso.
Esto implica la ausencia de compromisos editoriales
previos o simultáneos para la obra participante.

7. El jurado será nombrado por la Fundación SM y el Instituto
de Cultura Puertorriqueña; estará formado por especialistas
en Literatura, por otras personalidades del ámbito cultural
o educativo y por representantes de las entidades organizadoras.
La composición del jurado no se hará pública hasta el
día mismo del fallo del Premio.

8. El fallo del jurado será inapelable y se hará público por los
medios electrónicos y de prensa entre noviembre y diciembre
de 2009, previo a la ceremonia de entrega del Premio. El
autor premiado, así como los fi nalistas, si los hubiera, serán
contactados directamente y estarán comprometidos a asistir
al acto de premiación.

9. El jurado estará facultado para resolver toda cuestión de su
competencia que no hubiera quedado establecida de modo
explícito en estas bases.

10. Se establece un único Premio, indivisible, de doce mil dólares
($12 000). Incluye la edición —por parte de Ediciones SM—
de la obra premiada y su comercialización en Puerto Rico y
en el resto de los países en los que está implantada esta casa
editorial. El importe del Premio retribuye solo parcialmente
la cesión de derechos de autor, a modo de adelanto de la
compensación que se estipule por concepto de regalías en el
contrato de edición. Este contrato se suscribirá de acuerdo
con los términos expuestos en estas bases y en la ley vigente.
El Premio podrá ser declarado desierto.

11. El autor de la obra ganadora cede a las entidades convocantes
el derecho exclusivo de explotación de su obra en
todas sus modalidades, para todo el mundo y para el plazo
máximo de duración establecido por la legislación vigente.
Con el fi n de facilitar la lectura a la audiencia infantil, el
lenguaje de la obra se podrá adaptar al de los países donde se
comercialice el libro, sin que con ello se amenace la integridad
y el carácter de la obra.
De igual forma, el ganador se compromete a participar personalmente
en los actos de presentación y promoción de su
obra que la Editorial o el Instituto de Cultura Puertorriqueña
considere adecuados.

12. Ediciones SM o el Instituto de Cultura Puertorriqueña —en
ese orden— se reservan el derecho de opción preferente para
publicar cualquier obra presentada que no haya obtenido el
Premio y que considere de su interés, previa suscripción del
correspondiente contrato con su autor, en las condiciones
habituales.

San Juan, Puerto Rico, febrero de 2009

Consulte las bases en:
www.ediciones-smpr.com www.icp.gobierno.pr
Para consultas escriba a: consultas@ediciones-smpr.com

February 15, 2009

“La ventana”: Un cuento de Isabel Santos. Segunda Parte

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

hyde-park

Escribe Isabel Santos

Foto: tomaradze, cc.

Especial para estruendomudo

Nota de la Redacción: Parte 2 de 2, lea la primera abajo.

Al menos, Gonzalo me esperaba en el banco para ir a cenar, pero aquel día sucedió algo extraño. Fuimos a nuestro restaurante tailandés favorito donde un ser andrógino siempre sonreía por encima del mostrador de madera. “¿Quieren ordenar algo?”, nos preguntó cuando llegamos. Tras él, en la cocina, pequeños hombres con grandes espátulas saltaban de un lado a otro como si de una lucha marcial se tratara. Los sartenes explotaban sobre las llamas, en el momento menos esperado, liberando vapores de especias que envolvían la escena en cierto misticismo. Ordenamos pad thai y vegetales al curry y yo me levanté para buscar un baño. Cuando regresé me encontré con Gonzalo en medio de la calle, buscando a alguien. “Hola”, dije. Me miró por un segundo. “¿Viste a esa mujer?”, dijo. “¿Qué mujer?”. “¡La que estaba aquí hace un segundo!”. “No, no la vi… ¿qué pasó?”. “Vino a donde mi, de la nada, y me dijo: ¿Y si tú fueras la imagen?”. Pasaron unos momentos, lo que decía Gonzalo no tenía sentido. ¿Quién querría terminar con él? ¿Por qué? “¡Una loca, no hagas caso!”, grité y lo arrastré por el brazo hasta el pad thai humeante que esperaba sobre el mantel rojo. No se habló más del tema, pero desee con toda el alma que  no le creyera.

Mariana no llegó a la próxima cita y me pareció raro. Pasé el día sentada en nuestro banquito y no llegó. Pasó la patrulla con los dos policías y vi a la chica trotadora con sus audífonos, pero Mariana no estaba allí para comentar sobre las posibilidades de su vida sexual. La esperé el próximo mes y tampoco llegó. Esta vez me senté dentro de la oficina y observé a las personas caminando sin expresión. Traté de contar las partículas de polvo que flotaban perdidas a mi alrededor y brillaban con la luz que entraba por los ventanales. Ella no faltaría así a dos citas corridas. Me imaginé que algo le había pasado. Quise llamarla, pero no tenía su teléfono. No había tratado de encontrarme con ella fuera de aquella oficina, ni una invitación a cenar después de salir de aquel lugar, ni un trago, ni un gesto para que viniera a conocer a Gonzalo. Ella tampoco concretó nunca la invitación a tomar café a su panadería. Me asombré de mi propia inercia. Ni siquiera sabía su apellido. Es más, ella tampoco tenía cómo comunicarse conmigo.

A la tercera cita que faltó, pregunté en la oficina si Mariana, una muchacha de pelo rizo y pecas, había cambiado su cita para otro día del mes. Aunque la información sobre otros clientes es estrictamente confidencial, después de explicarles la situación, aceptaron mirar en los archivos. Me dijeron que no, que efectivamente había faltado a las tres últimas citas.

Después del incidente de la mujer en el tailandés, habíamos cambiado a un restaurante japonés mucho más tranquilo. Sobre los pedazos de pescado frío, le comenté el asunto a Gonzalo y me dijo que no le diera importancia. Era obvio que no entendía cuál era mi preocupación. No podía comprender que en realidad no éramos tantos los humanos como para perdernos por tanto tiempo. Creo que mi preocupación le pareció un poco exagerada. A lo mejor se fue de viaje, me decía, ya regresaría. Además, ¿cómo estaba tan segura de que no había cambiado de ginecólogo? Un sábado me puse las zapatillas y me tiré a buscar la panadería de Mariana en Fort Greene, Brooklyn. Pregunté a las personas del barrio: en la zapatería, en la tienda de velas para santos y en la barbería decorada como discoteca. No parecía que hubiera ninguna panadería por allí. Caminé todo el día. Pasé por el centro comercial de la Avenida Atlantic, por el instituto Pratt, por Flatbush, por el Borough Hall y nada. Ni rastro.

No sé en qué momento se me ocurrió que sería más sencillo buscarla sin los lentes puestos. Volver al mundo de los humanos y solo ver la realidad, todo iba a ser gris todo el tiempo y seguro que sería más fácil encontrar así la melena roja de Mariana. Durante semanas, salía del trabajo y caminaba por la ciudad abandonada, los edificios vacíos, las ventanas huecas. Vi algunas personas haciendo pantomimas, hablando con espectros. Había menos los humanos de lo que me había sospechado. En algunas ocasiones hablé con ellos y me parecieron tan aturdidos como yo. Todos pálidos, como dibujados a lápiz. Era difícil hablar con personas que se creían rodeadas de seres vivos que eran sombras. Cuando me acercaba a ellos parecía que estuvieran viendo un fantasma. Irónico.

Una tarde, ya cansada de ver el mundo gris, pasó frente a mí la chica que siempre corría frente al edificio de ParaLife®. La seguí por unos minutos, primero caminando, luego trotando, más tarde corriendo, pero no paró. No miró atrás. La llamé, pero parecía que la música en sus audífonos estaba muy alta. Le toqué el brazo, pero no me sintió, era como perseguir a un robot. Trataba de recuperar el aliento cuando me dí cuenta de que estaba cerca de nuestro restaurante tailandés, pero en su lugar encontré un local vacío con cristales rotos. Parecía abandonado hacía mucho tiempo. Adentro solo había un espacio vacío que llegaba hasta el otro extremo del edificio. De las paredes colgaban largos pedazos de pintura. Fue entonces cuando pasó la patrulla de policías. Pero para mi sorpresa, eran los mismos de siempre, ella con su colita, él con sus gafas. Me sonrieron. Extraño, pensé, estábamos lejos de ParaLife®, ¿qué hacían aquí? Se me ocurrió ir a la estación de Policía y reportar la desaparición de Mariana, ya había pasado más de un mes. Me dirigí a la estación que quedaba en la calle 30, entre la quinta y la sexta avenida, pero no la encontré. La mudaron, pensé. Caminé veinte bloques y no encontré otra. Comencé a sentirme mareada, me dolían los pies, los hombros, la cabeza.

En las escaleras de un edificio de apartamentos, un chico parecía estar escuchando a su eidolo. Le interrumpí: “Hola, ¿puedo hablar contigo un momento?”. Parece que comprendió que se trataba de algo privado y aceptó. “No tengo mis lentes puestos”, le dije y respondió con un movimiento de cabeza. “¿Te has dado cuenta de que no hay policías?”. Me miró en silencio. “Estás equivocada”, dijo, “he visto a los policías pasar más de una vez hoy”. “Sí, claro, yo también, pero son los mismos una y otra y otra vez”. Otro silencio. Se abrió un abismo entre nosotros. Yo era de pronto una de esas personas traumatizadas, que no aceptan la alegría multicolor que ofrecen los lentes de ParaLife® y quiere, de paso, amargarle la vida a todo el mundo. “¿Me puedes llevar a una estación de Policía?”, pedí resignada. Caminamos unas dos cuadras, yo en mi mundo gris, él feliz. Fue un poco incómodo, no teníamos de qué hablar. De pronto, se detuvo y me dijo: “Ahí, una estación”. Sonrió triunfante y regresó sobre sus pasos. Miré el espacio y comencé a quedarme sin aire. Allí lo único que había era un edificio abandonado, sin ventanas. Se podía ver hasta el fondo vacío cubierto de grafitti. Adentro solo había metales retorcidos y mesas abandonadas oxidándose. La vista se me nubló. Traté de llenar mis pulmones con aire. Me temblaban las rodillas y tuve que sentarme en el piso para no desplomarme. Se apoderó de mí una sensación de soledad inmensa y un terrible pánico. Me levante dando tumbos, llorando, sofocada. No sé cómo encontré el camino a casa.

Cerré la puerta tras de mí como si alguien me hubiera estado persiguiendo. Traté de ponerme los lentes de nuevo. Tuve que esperar en lo que las manos me dejaban de temblar. Una vez con los lentes puestos, todo volvió a verse normal y pude respirar un poco mejor. Llamé a Gonzalo. Contestó con un grito de alivio y una pelea, llevaba días sin responder sus mensajes. Después de reclamarme por no haber dado señales de vida en todos estos días, me preguntó cómo estaba. Notó el temblor en mi voz. Propuso que nos viéramos en la cafetería de la esquina. Le dije que no podía, pero no le di razones. Lo cierto es que no podía salir a la calle. No podía ver las mentiras. Tenía miedo hasta del suelo sobre el que pisaba. Le dije que, mejor, viniera a casa. Pero él era un eidolo, él no sabía nada sobre otro mundo, sobre esa otra realidad a la que él no podía llegar. ¿Cómo decirle lo que me pasaba? Estaba absolutamente sola.

Llegó por fin, con su pelo negro balanceándose sobre sus ojos. Recordé que no lo podía besar. Comencé a sentir náuseas. Él estaba allí, ligero, sin existir. Yo existía y no podía soportar el peso de mi cuerpo. No podía controlar el temblor de mis manos. Se sentó al lado de la ventana. La luz del sol iluminaba los minúsculos bellos que cubrían su mejilla como terciopelo, y parecía tan real que el corazón estaba a punto de salírseme por la boca. “No entiendo lo que te pasa”, me dijo. “Creo que sé lo que le pasó a Mariana”, dije, pero lo cierto es que más bien intuía lo que había sucedido. De pronto alguien, que era yo misma, dijo: “¿Recuerdas la mujer que te habló en el restaurante thai hace un tiempo?”. “¿Qué? ¿De qué mujer hablas?”, contestó Gonzalo. “Aquella que te preguntó si eras tú la imagen”. Se le perdió la mirada entre las sombras de mi sala, detrás del sofá, como si hubiera otra persona allí de pie. “Ni me acuerdo”, respondió y me miró fijamente. Traté de respirar, me senté en el sofá, las piernas juntas. “No fue hace tanto”, murmuré. “No importa. Imagínate que hay un mundo alterno al nuestro”, dije tratando de mantener la calma. Él me miraba, estirado sobre la silla, sus piernas atravesando casi toda la sala. “Imagínate otra dimensión”. “¿Cómo se entra a esa otra dimensión?”, interrumpió. “Es pura casualidad”, le contesté. “Algunos pueden y otros no”. Gonzalo dejó caer su cabeza hacia la izquierda, solo un poco, lo necesario para mostrar cansancio. “No me hagas caso”, respondí cansada. “He estado un poco deprimida últimamente”. “Entiendo”, dijo. “¿Qué tal si me quedo contigo esta noche?”.

Desperté antes que él. Entré al baño y tras la puerta llamé a Arturo. Él era abogado, él debía saber mejor que yo lo que estaba sucediendo. Contestó con su tono profesional: “Oficina del Licenciado Arturo Cárdenas”. Escuchar su voz me produjo una sensación de alivio, como si todavía existiera algo claro y limpio dentro de aquella pesadilla. Comencé a contarle todo lo que había ocurrido hasta el momento, la desaparición de Mariana, mi búsqueda, que me había quitado los lentes y que el mundo real parecía hecho de cartón. Las palabras me salían de la boca a borbotones. Cuando terminé, hubo un silencio al otro lado del teléfono. Por fin, lo escuché aclararse la garganta y en un tono entre tierno y paciente,  me dijo: “Tú deberías ir a las oficinas de ParaLife®. A la 119”, hizo una pausa. “Allí te van a ayudar a aclarar algunas cosas sobre el programa”. Cuando colgué, Gonzalo estaba a mi lado y me miraba. No sé cuánto de la conversación había escuchado. “¿Con quién hablabas?”, preguntó con los ojos hinchados de sueño. “Con Cárdenas. Dice que él conoce a alguien que me puede ayudar”. Miró al piso y sus hombros colgaron como dos grandes papayas. “No vayas”, susurró. Entendí que sabía más de lo que parecía. Pero, de ser así, ¿cómo era posible que siguiera funcionando? Le iba a preguntar exactamente qué era lo que sabía cuando lo vi todo claramente. “Simplemente, deja de pensar, ¿sí?”, me dijo y yo obedecí.

February 8, 2009

“La ventana”: Un cuento de Isabel Santos. Primera Parte

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

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Escribe Isabel Santos

Foto: StephCarter, Creative Commons

Especial para estruendomudo

El ventanal de la oficina de ParaLife® ocupaba dos paredes del enorme salón. Dejaba entrar tanta luz que los clientes que esperaban sentados sólo veían las siluetas en sombra de las secretarias caminando de un lado a otro, sus cabezas rodeadas por un halo de luz que quedaba atrapada en los cabellos que se les escapaban de las gomillas. Las secretarias, por su parte, sólo veían seres medio dopados por la espera con rostros llenos de imperfecciones.

Se oía el teclear constante en las computadoras, los papeles rozando unos sobre otros y algunos murmullos. Cada cierto tiempo sonaba una campanilla y un cliente despertaba de su marasmo, se levantaba aturdido y atravesaba el largo pasillo, las pisadas sobre el piso frío, mostrando sobre su piel las más pequeñas arrugas, el maquillaje mal puesto, las pecas, las cicatrices. Al final del mostrador, una oficial les daba un disco y un sobre cerrado.  El cliente se daba media vuelta y salía, ahora hecho una sombra.

Yo fui parte del proyecto ParaLife®. Tenía un eidolo. Me senté en aquellas sillas muchas veces y pasé allí horas. Prefería esperar con los ojos cerrados, pero a veces no soportaba aquella luz escrutadora así que salía de la oficina, cruzaba el pasillo y bajaba las escaleras de mármol. Atravesaba la gigantesca recepción, toda blanca, el techo multifacético por el que se filtraba siempre la misma cantidad de luz. A veces me paraba delante de la cascada de agua que corría sobre las paredes de piedra y se me parecía a aquella a la que fuimos toda la familia, los niños, mi esposo. Pero era mejor no pensar en esas cosas porque la punzada en el pecho regresaba.

Cuando llegaba al mundo exterior todo era gris, la plaza de piedra, el gran árbol seco, con las ramas que se levantaban hacia el cielo como los dedos huesudos de un viejo decrépito y el banquito, justo debajo, que me esperaba. Me sentaba allí y sentía que el gris también me invadía, me convertía en parte del paisaje. De vez en cuando veía pasar a una mujer con audífonos, trotando con sus pantalones de ejercicio, unos días negros, otros blancos. También pasaba una patrulla, la misma, una y otra vez. Ya los policías me miraban y sonreían. Era una pareja, él siempre con unas gafas oscuras, aunque el día siempre estaba gris, y ella con el pelo lacio recogido en una colita de caballo.

No había pájaros y el silencio era ensordecedor, si algo así es posible. De vez en cuando aparecía alguien hablando solo, gesticulando, cruzaba la plaza y no me veía. No tenían por qué verme, pero siempre guardaba la esperanza de que alguien me notara entre todos los grises, tal vez por ser yo más gris aún, tal vez porque era lo único con vida. Ahora que lo pienso, todos ellos también se veían grises. Pero no Mariana. Llegó un día de la nada a la plaza y la vi desde muy lejos. Tenía el pelo rojo y daba la impresión de que su cabeza estaba prendida en fuego. Era el único color dentro de aquel mundo, una melena riza, larga, que se mecía de un paso a otro, incapaz de mezclarse con el gris a su alrededor. Mariana llevaba un cigarrillo en los labios y parecía caminar sola. No esperaba que me viera y sin embargo me miró, sonrió y se acercó a mí. Me invitó a fumar con un gesto y dijo su nombre: “Mariana”, inclinando la cabeza un poco. Se sentó a mi lado. Se acercaba el cigarrillo a los labios finos, casi secos. “Estos días de renovación, me matan”, dijo aspirando el humo y entrecerrando los ojos como si mirara algo que estaba muy lejos. Asentí. De cerca noté que también su piel estaba salpicada de pecas rojas como canela. “Esas brujas no hacen otra cosa que reírse de nosotros a nuestras espaldas, ¿no crees?”. Las secretarias de ParaLife® nunca merecieron mi atención, eran simples sombras, así que no contesté. Pasaron unos momentos, algo en Mariana me puso incómoda y no supe qué era. Era una sobreviviente y todavía tenía energías para decidir la manera de mover las manos, de caminar. Me sentí muy débil, de pronto. “Aunque puede que sean todas de cartón, ¡como ni se ven!”, masculló. Una distorsión rompió mi línea de pensamiento, como un hormigueo. “Pero lo más deprimente de esa oficina es la sala llena de clientes de Wal-Marts”. La imagen de una mujer, que solía sentarse a mi lado con unos pantalones color melocotón cortos hasta la rodilla, demasiados apretados en la ingle, me provocó un temblor que me corrió del pecho hasta la boca, explotó entre mis labios y retumbó como una bomba. Era como si se hubiera abierto una presa de risas que corrían a borbotones y me rebotaban sobre la barriga. “Eso sí es una tragedia, que sobrevivan a las peores circunstancias. Son como las cucarachas”. Lágrimas corrieron por mis mejillas. “También sobrevivieron las manicuristas vietnamitas”, escuché decir a alguien que resulté ser yo misma. Mariana me miró con unos ojitos verde oliva y rió también. “No, de esas sobrevivió una e hicieron clones”, comentó, mientras finalizaba su cigarrillo. Lo lanzó al suelo y lo pisó con la punta de su sandalia gris. Miró su reloj de pulsera. “Ya van a cerrar, tenemos que regresar”. Regresar a la oficina de ParaLife®, después de haberme reído así, me parecía una herejía. Cruzamos de nuevo la recepción de ParaLife®, subimos las escaleras, recogimos nuestros discos en la oficina y cada cual entró a su respectivo cuartito para actualizar las lentes. Después de ahí no la volví a ver.

Atravesé la puerta de cristal por segunda vez y me enfrenté a otro mundo. Siempre ocurre lo mismo y nunca deja de sorprenderme el cambio. El cielo azul se veía entre los edificios, ni una nube. El sol lo iluminaba todo y todo estaba lleno de gente. Sucedían muchas cosas al mismo tiempo, gente riendo, gente corriendo, saludando, tocando la guitarra. Personas que no estaban allí hace diez minutos. Todas llenas de colores y emociones, todas vivas. Cada una era un universo en sí misma. Traté de localizar a Mariana caminando con su cigarrillo entre la multitud, pero era imposible. Al que vi fue a Gonzalo que me esperaba sentado en el mismo banquito, bajo un árbol que ahora mecía sus pompones de hojas verdes. Llevaba una camisa de finas rayas violetas. Me acerqué con la clara intención de verificar que todas mis selecciones hubieran sido implementadas. Me miró y me sonrió, “¿Cómo te fue en el ginecólogo?”, preguntó y le conté de la nueva amiga que hice esperando en la oficina. “¿Y esta es la única persona con la que has hablado desde que vas ahí?”, dijo. “Las demás visten de Wal-Marts”, expliqué.

Después de eso, Gonzalo no volvió a aparecer por unos días. A veces necesitaba tiempo para terminar sus proyectos, sus tesis, sus muebles, lo que sea que lo ocupaba en esos momentos. Yo, por mi parte, necesitaba tiempo para trabajar. Era la secretaria de Arturo Cárdenas, el abogado que llevaba el caso de clase más grande por daños y perjuicios que se había generado a raíz de la plaga. Era un hombre inteligente, con un genio de mil demonios, bajito, calvo, que caminaba con unos espejuelos en la punta de la nariz y la camisa siempre impecable. Su oficina quedaba en el tercer piso de su casa en Upper East Side. Tenía varios eidolos, pero los conservaba como referencias enciclopédicas y estaban limitados a ciertos espacios, no corrían libres por el mundo como Gonzalo. Así, en la biblioteca, en el primer piso, solía encontrarse Christine, susurrando poemas de Pushkin; en el jardín estaba Richard, nombrando las propiedades medicinales de las plantas; mientras en la cocina María recitaba recetas. Así por el estilo. A veces caminaba por los pasillos y me sentía en un manicomio, rodeada de seres que buceaban en su propio mundo.

El trabajo en sí no me molestaba. Era bastante solitario. Consistía en contestar el teléfono, tomar los recados, buscar libros en la biblioteca donde Cristina se paseaba y preparar facturas. Los encuentros con Mariana se convirtieron en mi único contacto social con un ser humano, no un jefe, no un eidolo, y los esperaba con ansias. Una vez al mes nos estirábamos bajo el árbol y pasábamos las horas mirando el mundo vacío. Ella fumaba su cigarrillo y hablábamos de todo lo que nos pasaba por la mente, del pasado, del futuro, de todos los eidolos que habíamos tenido, de los que se dañaron. Así me contó que, al poco tiempo de que salieran al mercado los primeros modelos, compró unos cuantos para promocionar la panadería que tiene en Fort Greene. Los situaba en las salidas de los subways para que cantaran unas líneas que rimaban con el nombre de su negocio. Se atrevió a recitar el poema y me alegro de haberlo olvidado. A veces, esperábamos a que pasara trotando la misma chica de siempre y hacíamos apuestas: Los pantalones de hoy, ¿blancos o negros? Mariana decía que debía esperarla una legión de gatos en la casa. No necesitaba eidolo. Era una realidad bastante deprimente.
Una vez nos encontramos en las escaleras. Yo bajaba y ella me pasó por el lado sin darse cuenta de quién era yo. “¡Hey!”, dije con una mano en la barandilla y la otra en el aire. “¡Mariana!”, llamé más alto. Entonces, levantó la mirada y me vio. Una sonrisa le iluminó la cara. “¡Avanza! ¡No tenemos todo el día!”. Una vez debajo del árbol seco, me pareció que no estaba tan alegre como de costumbre. Sus ojos no se levantaban del piso y parecía que llevaba una carga invisible sobre los hombros. Comenzó a hablarme de su hija, una sobreviviente que echaba de menos a su padre, aunque su eidolo, Enrique, había hecho tremendo trabajo. Era una niña encantadora y me la presentaría en cualquier momento cuando pasara por su casa a tomar un café. Yo asentí, sin ninguna intención de bajar hasta Brooklyn a aguantarme su vida idílica, su niña superdotada y su panadería oliendo a abrigo de lana y pan recién horneado. Acepto que no estaba escuchando lo que decía hasta que un comentario suyo llamó mi atención. “Es raro”, dijo. “A veces siento que desaparezco, como si fuera yo la imagen”. Yo, totalmente perdida, no supe qué contestar. “¿Cómo es que siempre sabemos lo que tenemos que hacer?”, dijo y persiguió con la mirada algún pensamiento que se escapaba. Se volvió hacia mi, tal vez esperando alguna reacción de mi parte. Miró su reloj y ordenó, como siempre: “Tenemos que regresar a la oficina, van a cerrar”.

Ese día quise seguir hablando con Mariana y traté de actualizar mis lentes lo más rápido posible. Así que, cuando me entregaron el disco, entré a uno de los cuartitos y lo introduje dentro del monitor de la computadora. La pantalla frente a mi se iluminó: “Nombre del eidolo”, G-O-N-Z-A-L-O, tecleé; “Profesión”, H-I-S-T-O-R-I-A-D-O-R. “¿Desea su historial personal previo?”, S-I. Me hubiera gustado hacer algunos cambios, como que roncara un poco por las noches, pero tenía prisa. En pocos minutos había terminado y la pantalla se cubrió con la misma advertencia de siempre: “Evite informarle a un eidolo de la naturaleza de su origen y función. En caso de suceder, el programa se autodestruirá automáticamente y, ParaLife® le proveerá otro eidolo nuevo. Sin embargo, la personalidad de su eidolo es irremplazable”. Conecté el cable del monitor a la cajita donde reposaban los lentes de contacto en agua salina. Oprimí enter, una pequeña bombillita se puso verde y momentos después, frente a un pequeño espejo, luché con la torpeza de mis dedos para posar el lente sobre mi córnea. Repetí la operación con el otro ojo y me resultó más sencillo. Salí a toda prisa del cubículo y ya no quedaba nadie en los pasillos. Mariana, nuevamente, se me escapaba.

Nota de la Redacción: Este relato continuará y la segunda parte será publicada aquí. Pronto.

February 2, 2009

Carlos Vázquez Cruz “reporta” desde Nueva Yol: Do You Swallow?

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

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De la Redacción de Estruendomudo 

El gran amigo Carlos Vázquez Cruz se lanza al ciberespacio e inaugura un blog en el que cuenta su desencuentro con las palabras que configuran la ciudad de Nueva York. El letrado trotamundos sale de los papeles y las tintas y llega a la era digital por sí mismo, luego de olvidar cómo se lee en Time Square y haber recuperado la cordura momentáneamente frente a una vitrina de panadería. Aquí los dejo con un extracto de sus peligrosos escritos, pero los invito a pasar a su spot en Compli-carlos. Do you swallow?

A veces estoy seguro de que filtrar Nueva York desde mi mirada, violenta su esencia; de que, igual que en todo acto de traducción, un traidor se me acurruca dentro. Temo sacar de contexto la ciudad porque, ajeno, fuerzo su inmensidad concreta para exprimirla con la grandeza abstracta de mis imaginaciones. Quizás, todo responde a mi innata resistencia a la agresión, despierta súbitamente por tanto bombardeo de imágenes y códigos que me penetran… la mente para volverse funcional. Estaré aquí varios años, y, al menos hoy, no sé si quiero “funcional”.

1.

Me hace ruido el tren que, para los demás, suena. También, el subway ataca cuando niños y deambulantes aprovechan el cautiverio en un vagón para vociferar que, con mi dinero, se mantendrán out of trouble. Entonces, me lleno frío y tieso, invernal como los árboles. Me niego a contribuir. Digo lo siento, pero no… lo siento. Aflora el miedo; desconozco si a sentirme culpable por esconder la mano capaz de estirar un dólar, a ser responsable del trouble que se les vendrá encima, o a ambas. A fuerza de costumbre, ellos piden con soltura de palabra y cara de piedra; yo rechazo con verbo de piedra y cara suelta. Un tímido temblor toca cuerda de arpa en algún espacio virtual del alma. Hay una fibra resguardada –como el corazón y mis odios- en una caja, más bien “torácica”, que hace tanto no abre. El temor sabe que el hueco de su abrazo da mi justa medida y me aprisiona en él. Contra el cristal de esa pecera subterránea, sobre chirridos y rieles, se encuentran mis cuatro ojos (dos y dos; de embuste, de verdad). Mi rostro va pareciendo una cara neoyorquina.

January 30, 2009

José Luis Vega, presidente de la Academia de la Lengua Puertorriqueña, pone los puntos sobre las íes en la controversia de Guayama City Blues

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en incontinencia
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Miss Guayama

De la Redacción de Estruendomudo

El presidente de la Academia de la Lengua Puertorriqueña publica hoy una columna en El Nuevo Día brillante y enjundiosa sobre la controversia que ha desatado en el país la designación de lugares públicos de la ciudad de Guayama con nombres en inglés. A diferencia de la carta ciudadana que ha firmado medio mundo, que más bien parece una bobería para escolares como la alcaldesa de dicho municipio, el escrito de Vega destila una posición alejada de la hispanofilia y la cursilería con la que se acostumbra a hacer este tipo de críticas relacionadas con la identidad de la nación (whatever that means).

Este pasaje exhibe lo que más me llamó la atención:

Hablo desde el sentido común, que como bien se sabe es el menos común de los sentidos. En qué cabeza cabe que Guaynabo City se oye, cuando se dice en el contexto puertorriqueño, o se ve, cuando se escribe en ídem, más bonito que Ciudad de Guaynabo. En qué cabeza cabe que cualquier turista de mediana inteligencia que visite París, por ejemplo, agradezca que las placas de las calles ostenten Voltaire St. en lugar de Rue Voltaire. O que el alcalde de la Villa de Madrid decida rotular “downtown” al entorno de la Plaza Mayor y “main street” a la Gran Vía en deferencia a los miles de visitantes norteamericanos e ingleses que allí acuden todos los años. Quien viaja agradece la diferencia, no la culivicencia.

Me parece que le ha venido muy bien al Dr. Vega el fin de su término como director del Instituto de Cultura Puertorriqueña, sobre todo por esa expresión del “sentido común” y no de la raza cósmica o el culeo, el elegante bla, bla, bla del funcionario investido en el sempiterno trono de Don Ricardo como pivote de su argumentación. Coincido con el académico, para defender el Español, si uno escoge ese camino en estos tiempos del espanglish, la máxima institución que estudia la lengua del país puede y debe hacer la diferencia en el oficialista discurso melón. En inglés no se oye más bonito na, y eso es suficiente. ?No?

January 27, 2009

Guanina en Biento

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

Lucienne Hernández presenta a Guanina en el bar restaurante Biento todos los domingos en El Show de Luci. A continuación, un vídeo de Guanina en un show  “Pide la llave”, auspiciado por la industria de licores de Puerto Rico.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=n0eriaiKKTw[/youtube]

January 24, 2009

Sueño en un banco del Parque Poe del Bronx

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

 

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Escribe Gloria Carrasquillo Padró

Especial para Estruendomudo

¿Hasta nuestro último empeño
es sólo un sueño dentro de un sueño?
-“Un sueño” Edgar Allan Poe

Anoche soñé que al quedarme dormida, estando sentada en un banco en el Parque Poe en Bronx, alcancé a ver que un cuervo joven y atrevido que se posó en la hoja derecha del portón que guarda la Casita Poe, ubicada en el lado norte del parque, frente a la avenida Grand Concourse en la esquina de la calle Kingsbridge. A lo lejos, escuché – entre dormida y despierta- las risas, gritos y voces de los niños y niñas que jugaban en los laberintos y la cromada chorrera de acero entre redes metálicas en rojo y verde relucientes. Mi lectura, una copia de “Lo dicho” una conversación de Estruendomudo, cayó al suelo. La avecilla color azabache posó sus patas como anclitas en el borde de los barrotes de hierro del desnivelado portón de dos hojas. Su plumífero traje jet black brillaba bajo la luz de un gélido sol invernal al comenzar una hermosa tercera semana de enero en tarde dominguera. El pajarito se acababa de separar con un vuelo atrevido mientras entonaba un prruk-prruk; kraa-kraa, de su familia que habita entre las columnas recién restauradas de la estación Kingsbridege del Tren Cuatro en su ruta de Uptown Bronx. Este habitat es el refugio de cientos de otras aves, protegido por las altas columnas del tren elevado y el monumento histórico de 1912  de redondas y puntiagudas torres romanescas, la Armería de la Guardia Nacional del Bronx.

El cuervillo voló atraído por las voces que le llegaron a través de los fríos vientos desde la Casita Poe. Allí se conmemoraban los doscientos años del natalicio de Edgar Allan. Sus potentes oídos comenzaron a escuchar la elocuente voz del actor Tristan Laurence, invitado para darles vida a las líneas de algunos poemas y nobles narraciones de tan afamada prosa noventista. ¿Cómo? Nada menos que en un acto organizado por la Asociación Historica del Bronx. Primero, la negra avecilla de mal agüero, vio con su agudo prisma negro y amarillo la casita (que aquí llaman la Poe Cottage) algo destartalada, coronada por dos pequeñas y humeantes chimeneas rojas y cartón de techar gris oscuro, totalmente cubierto por una fina capa de una fría nevada matutina. Pequeña casita de madera, como las de muñecas, de esas que se colocan en los patios y que una vez mi padre construyó para albergar los juegos de  mi niñez; rectangular, con pequeñas ventanas de cristal, un estrecho balcón de barandal de madera; construcción de dos pisos:  un primer plano interior con salita, cocina, diminuto dormitorio y, en el segundo, dos piezas, incluyendo el estudio del escritor. Después, el novel negrito observó como los allí reunidos, pequeña muchedumbre de estudiosos y amantes de Poe, escuchaban de pie, pero atentos, los versos de “El dorado” y las líneas que repetían la historia en verso de la inacesible Annabel Lee, la de los hermosos rizos –“in a kingdom by the sea”. Dos lágrimas se cuajaron en los negros ojos de Tristan cuando leyó “Mi madre” para luego nuevamente emocionado, leer las estrofas con el tañido monorítmico e inefable de “Las campanas”:  “¡Escuchad el tintineo/ ¡La sonata del trineo/!Con cascabeles de plata!”.   Fue entonces que al cuervo le pareció escuchar el canto de su misterioso congénere, el corvus corax de “The Raven”, y al poeta conmemorado impresionado preguntar: “¿Cuál es tu nombre en la región plutónica?”.  Alguien comentó, pocos minutos después, algunas de las patéticas líneas góticas de “The Pit and the Pendulum” y otro seguidor imitó el desgarrador sonido del despiadado asesino, el inmortalizado emparedador de “El gato negro”. A corta distancia desde el pórtico, el piquito negro casi hasta pudo degustar el sabroso vino andaluz de Amontillado, añejado en el famoso barril de fino roble que llevó a Fortunato a una horrible muerte en el húmedo sótano de aquel palazzo…

Poe llegó a vivir al Cottage del Bronx en el 1846, arruinado pero motivado por traer a mejores aires a su amada Virginia Clemm, su esposa afectada por la terrible y mortal tuberculosis. La tísica y el escritor convivieron allí sólo un año y Poe, la habitó casi hasta su muerte tres años más tarde, en octubre de 1849.  El curioso plumífero de albornoz negro, se puede decir, que pudo ver -a través de las pequeñas ventanas- las sombras silentes de la pareja. Podía asegurar que a través de las viejas y blancas paredes olfateó los vapores destilados del mágico opio y que alcanzó  a  escuchar el tintineo de copas rebosantes de embriagante alcohol. También pudo sentir la brisa que atravesara los imponentes arces -desprovistos de hojas pero cubiertos de nieve apiraguada- que aún abundan en el parquecillo y que casi cubren la antigua y venerada casita.

Como entre las nubes, en ondas oníricas desperté pero, antes, pude ver las preciadas cuartillas sobre el escritorio de Poe. ¡Hojas escrituras en tinta china! Mis ojos vieron los trazos entintados para la eternidad. Sí, trazos finos y titubeantes en cursivas negras como el ónix que bailaban gozosas sobre amarrillentos folios cual papiros egipcios sagrados cargados de vocablos y palabras sobrias, sabias, sonoras, satánicas, delirantes… Letras entonces en mamotretos del siglo XIX, ahora movidas con un péndulo dos veces centenario e universalizadas a través de las invisibles redes mágicas (del Internet del XXI) se transmiten veloces y certeras ¡Al toque de una diminuta tecla!  Entonces, el teclado de mi PC se desprende del pequeño escritorio rodante y se transporta desde la avenida Valentine al duro banco dentro del Parque Poe.  ¡Y súbitamente! Despierto, asustada y a la vez defraudada. ¡Fue un sueño! “All that we see or seem / Is but a dream within a dream”. Sin embargo, puedo asegurar que vi al cuervito volar hacia el Oeste, a lo lejos y rumbo a su casa. Entonces, Anthony Geene, el director de educación de la Sociedad Histórica del Bronx, anuncia que proximamente se recibiran $700,000.00 para las labores de resturación de la Casita Poe construida en el 1812 adonde diariamente, por curiosidad o necesidad, vuelan acercándose los cuervos.

January 23, 2009

Más “Mini-cabs” de Guillermo Rebollo Gil

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

vampiro

Escribe Guillermo Rebollo Gil

Especial para Estruendomudo

 

sueño un cuarto de mal gusto donde los pequeñitos cambian el agua
en la cubeta y salen vestidos de vampiro
a vacilar.

nos aseamos torpemente como relojeros,
es decir, tanto cuidado con las manos y lo más hermoso que son
es error y movimiento.

Barrunto es un poemario rojo, chiquitito
que conviene olvidar
si no podemos con la sangre,
el pánico, quizás, por sentir algo
ante tu cuello perforado.

no sé que esperabas de mí,
pero es verdaderamente un espectáculo.

***

ser, por ejemplo, inevitablemente crustáceo
antes que cráter, celaje. el corazón colmena
hacina el gasto. nada que buscar sino el trazo
agudo del calor. un mapa espeso vaciándose
despacio.

January 22, 2009

Poeta por encargo para Obama: La escritura del “Inauguration Day”

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en utopía

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

De Estruendomudo

El poema de Elizabeth Alexander, “Praise song for the day” comienza con el despertar del día inaugural, con ese desencuentro de espinas en la lengua y en la cabeza, mientras se remienda algo, en el momento en el que el negrito jura pero una mujer y su hijo esperan el autobus. Luego, llega el momento de hablar, del desencuentro con las palabras y las carreteras para salir a lugar seguro, “caminamos hacia eso que todavía no hemos visto”, dice la poeta. De inmediato, a las doce y pico, convoca con su voz un viaje al pasado de los ancentros que construyeron y limpiaron los edificios gubernamentales. En pleno Mall, a mediodía, las celebraciones… y qué del amor en el el aire de invierno en que cualquier oración puede comenzar mientras el presidente, su pueblo, se dirige hacia la luz?

La poeta trae experiencias nimias a la ceremonia de coronación del rey y su discurso contrasta con el oficial sólo en eso, en su “quebranto”. Se trata del discurso oficial quebrado al escribirle por encima su incluida inestabilidad. “Todo sobre nosotros es ruido”, dice Alexander pero, a pesar de ello, alguien “repara las cosas que necesitan ser reparadas”. He ahí el mismo mensaje de Obama en crudo, desvestido de parafernalia politiquera. The Poet is Obama, then. Tanto en el poema como en el discurso presidencial hay un llamamiento a pensar en las palabras de la utopía de la continuidad, teleología pura. Independientemente del lugar social del ciudadano convocado, promueve una convocatoria ídentica a la del oficialismo funcional hacia el amor incondicional y abstracto con el que “cualquier cosa se puede hacer”. “Yes we can” es el mantra del poderoso y del desdichado, personajes que Obama supo reclamar para sí y que la poeta logra apalabrar. Poesía o la otra herramienta para llevar al límite el arte de gobernar.

Poema y discurso inaugural, ambas piezas literarias, recogen el mismo verbo pragmático en “tiempos de crisis” (“It was the worst of times”) y ordenan a todos por igual: “Haced!!!”. 

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=B0v4B1Xa3Eo[/youtube]

January 12, 2009

Cuadernos de la Hermétika 6 (Palesjudd)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en cuadernos de la hermétika

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

Una pregunta,

¿lo vio?

-aquello

¿cuál?

-La estela de su discurso, triiin…

¿incoherente?

-sí, el rabo

¿el del ojito malito?

-sí

ah, claro

¿de qué va?

-Pues sucede que se lo arrancaron los pájaros la otra noche y se lo dejaron así. Supurante. Pero lo que me preocupa es que el líquido de la camarita no lo pudiese contener porque no la hubiese en Gaza, es decir, que no aparecieran por allí los periodistas para filmar la ocupación y se transformara aquello en una cuestión política desangrada, liquified.

¿de cuándo acá?

-Voy a llegar tarde.

¿Y te cuentan la tardanza allí? ¿Quién vive de eso? Juguito de musulmán. Mira, detrás del borde lo que hay es playa, una piscina absurda llena de pajitas mojadas en agua de sal, un salitral palestino vigilado por buques escuela capitaneados por judíos ortodoxos. ¿No?

-Si usted lo dice…

¿Que yo me niego a reconocer? Dito, no.  Fuck!

-A mí usted no me amenace. Papi daba clases de religiones comparadas, yo sé.

El pai tuyo me mama el bicho.

-Esto se jodió. Que venga el suyo y lo arregle. La Uzzi. El periscopio del portaaviones gringo en el Mar Muerto apunta a la sien de la mai tuya, bestia.

¿Dónde estamos?

-En el kiosko de doña Luri tocando la campanita para que salga al balcón a vendernos limbers de cherry.

¿De los que pintan la lengua?

-Gotcha!

¿De los que amarran? ¿Y luego no sueltan?

-De esos mismos. Mira.

¿Qué?

-Un palestino pasiando por Harlem con un radio de transistores.

¿Sin enchufe?

-Sin agua. Sin baterías, así porque sí.

¿Qué pasa con los palestinos?

-Na.

¿Otro dulce?

-Vuelvo ahora. [Aparte] Maldita sea mi voz. No se entiende. En francés: voilá. Ici. Donc. Mi padre, mi madre, viven en la calle de San Valentín, no se entiende. La abuela trajo asopao hecho con arroz integral y cubitos Knor de Costco. Bobo, soy bobo. Bobo, cara e bobo. El bobo que me chupé. Las caries por el limber que me chupé. El palito de la cherry se me encajó en un molar después que me lo chupé. Dr. Toro citó a mami aparte y le dijo bajito: “Mamá, el bobo tiene caries en las muelas de atrás”. -“¿Cómo va a ser en las de atrás?”, contestó mami. Yo me escondí debajo de la camilla y me tapé con el papel de estraza blanco que había. Saqué la cabeza un tantito y vi el zafacón en la esquina del consultorio. estaba lleno de paletas de cherry mordías, a medio chupar. ¿No lo hay? Saqué la lengua cuando me encontraron y él la vio, dijo: “Una lengua palestina, uy fo”. Una lengua morada y mora, para completar. “Mamá, téngame aquí el palito contra la lengua, uy fo”.

¿Dónde era que estábamos?

-¿Arriba?

Arriba el olor del popcorn con mantequilla chorreante. Las palomitas voladoras ensopadas en liquified butter, el cohete volador, el chocho mecánico expulsado luego de la debida lubricación hacia el horizonte de la kasbah: un heliotropo mojao en pleno clímax, espérate chico que creo que los vi por las persianas chingando en el callejón. Eran una enfermera palestina montada encima del miembro de un miembro del Knesset que aprovechaba el toque de queda para comprar más barato allí. Desde la rendija de la persiana lo que realmente vi fue que el cuadro de contagio racial lo completaba una chaperona encapuchada que llevaba el ritmo observando de cuando en vez las agujitas de su reloj de muñeca. El desierto se hizo un segundo cataplasmático, o sea, medicinal, en ese grano de arena o de sal que se deslizaba encima del secundero desbocado, los enemigos en la intimidad, mientras tanto, quedaron inmutados por el canto del muecín (era la hora de la oración, diache) y, entonces, el minutero se convirtió en la cruz de malta más linda que he visto en mi vida después de las del patio de abuela, pero pronto se llenó de hollín; un polvillo negro despedido por los rotos mohosos de las chimeneas metálicas de los camiones kosher lo nubló, y el comandante en jefe de la misión (título viene aquí: “Pasar a Cuchilla en la Pascua Florida”) convergió con los amantes y la chaperona en pleno callejón de la trastienda de la mezquita, o sea, lo que quiero decir es que el mismísimo comandante se metió de cuerpo presente en el revolú. Ligón al fin, vino a terminar en cuclillas; con la mano derecha bañada en semen puro, porque no ha tocado prepucio debido a la falta de circuncisión, al pacto, y ahorita mismo, hoy, ahora, decimos todos: “Gimió de placeres contenidos en kabalah oculta mientras pasaban a cuchilla a los corderos de Mustafá, amén, aquel alto oficial”.

-¿Terminaste?

No, ¿qué pasa ahora?

-Bellaco tú.

¿Yo?

-Nos vamos a llevar muy bien, lo sé todo. [Aparte] Fuck! Fuck the Prohets and their wifes! Eso fue un mandato divino y lo hicieron, lo tomaron al pie de la letra y no volvieron sus espaldas para no atestiguar la matanza en Gomo Rra. Gayamama, mami, fue, dice que una de las esposas se conviertió en estatua de sal, pero yo soy bobo, un bobito sin escrúpulos en el culito y con toda la fe intacta en la ONU, porque me consta gracias a sus documentales en public tv el viento frío que sienten los beduinos a pesar de las telas teñidas de añil, los cueros teñidos de boñiga caqui y los chalecos a prueba de balas de los camarógrafos de la BBC, que ellos tienen prohibido el paso pero no los anunciantes, que están al pie, al pie de la letra, como decir en los subtítulos, en el subte del sub-d, allí bobito. Gaya o mamamam el bobo del bobito [mi límber de cherry mío] me acostaron de nuevo en la camilla del doctor Toro y mis dientes lo retrataron todo: carne cuando no se podía, un bobo, bobito, pelos de niña mala ensortijados en una muela subdesarrollada y en un cordal vampirito también. Sería guardia de seguridad del palo de los mojones, amanuense de los judíos patos, mercenario voluntario de los rusos ortodoxos que escaparon de la masacre de Leningrado, un don nadie con el todo de telón de fondo, un bobolón al pie del conflicto irresoluble. Mano, debajo de.

¿Estamos debajo entonces, cabrón?

-Mira a este.

¿Que mire qué?

-Tú mismo, que te mires en el espejo del lago de sal.

¿El Muerto, el Aral, este bicho pelú, cuál de los tres?

-Bobo, los dos.

¿Bocabajo o bocarriba?

-Un sesentainueve, dale.

¿Ahora? ¿Aquí frente a la gente?

-Aquí.

Que no.

-Otra pregunta,

¿lo vio?

-¿cuál?

Nada.

-¿nada de qué?

Contigo no se puede ni hablar.

January 8, 2009

“Lo dicho”: Una conversación ciberpostal entre Bruno Soreno y Ariel Frieda. Segunda Parte

From: Bruno Soreno
To: Ariel Frieda
Subject: Conversation of eiros and charmion

meat_hair

“Then, there came a shouting and pervading sound, as if from the mouth itself of HIM; while the whole incumbent mass of ether in which we existed, burst at once into a species of intense flame, for whose surpassing brilliancy and all-fervid heat even the angels in high Heaven of pure knowledge have no name”.

Partir de Poe.

Devolverte la jugada es como partir de un abismo hacia lo innombrable. Como contar un cuento desde el último punto que lo decapita.

El sonido inefable del tiempo decapitado, la interrupción del elan vital, la paralización inaudita de las manos del reloj y de las culebras revoltosas que merodean tus sienes.

Después del cataclismo, de la catástrofe inminente del tiempo, tu nombre será Charmion. “So henceforward will you always be called”.

Yo seré Eiros.

Porque ya somos otros, negados del éter sustancioso que una vez nos alimentó, el aire que nos igualó a los de la especie en ventajas y carencias.

Has devenido cabeza en esta catastrófica metamorfosis universal. Me exiges la escritura lineal de tus contornos como la tiza que rodea al difunto asesinado en el suelo de la escena del crimen.

Tu naturaleza es toda ojos, ahora, como la noche.

Escribirte, ya que no tienes cuerpo, es una tarea de castración. Para escribirte ahora debo prescindir del sexo. ¿Será posible semejante maniobra?

Mejor seré tu verdugo, tu llaga, me inventaré tu cuerpo rebosado de curvas, voluptuoso como una fruta podrida, y te sacaré los jugos, los gemidos, te haré en el cuerpo cicatrices imponderables, machacaré tus dedos en el pilote verde de la palabra, te arrancaré los dientes y las culebras del pelo, te haré tragar plata a borbotones hasta que revientes, hasta lanzarte rauda al infierno del silencio.

Yo perseguiré tu rastro, tus migajas de pan, cuerpo de Cristo, hasta llegarte, hasta alcanzar el espectro detrás del péndulo, hasta merodear infalible cada uno de tus péndulos que te habitan, las manadas de arañas que atraviesan tus tuétanos. Yo seré el estruendo, la trompeta, el ruido del tiempo rompiéndose y destrozando de un zarpazo todos los péndulos y las agujas del universo. Yo, lunar, manejaré tus menstruaciones, me esconderé como un duende con colmillos detrás de tu lámpara azul para espiarte el sexo, para atrapar el grito ajeno y lanzarlo cual martillo al cielo, al lugar cóncavo, al laberinto circular de los tormentos, de donde nunca regresará.

Otra vez Poe: “Vivo te fui funesto, muerto seré tu muerte”.

Así me olvido de mí. De la asfixia. De la marea moribunda de la noche, la ausencia espantosa del sopor, la sospecha de un coloso oscuro acechando más allá del horizonte con mi nombre en la frente. Del hueco infinito que rodea mi falo hambriento, envuelto en fuego, en brillo indescriptible.

Porque yo estoy hecho de tinajas, aunque tenga la apariencia momentánea de acarrear dedos de plata. Yo estoy hecho de ajenjo, de libros escritos en lenguas malditas, y ocultos en las barrigas trémolas de bibliotecas pertenecientes a herejes y a alquimistas, yo estoy hecho de tus ojos de medusa. Yo sopesé que ya era piedra, que ya habías realizado no sé qué maleficio de sal, pero yo no conté con la multitud de agujas milenarias, con mi capacidad de decapitarme los dedos y guardarlos, resguardarlos de la tormenta en unas gavetas de plata que ya nadie puede abrir, unas gavetas vigiladas por relojes de arena.

Detrás de los ojos habita la memoria, un animal amenazante, amenazado, que acecha y araña y muerde cuando lo perturban, que lastima la mano que le da de comer.

Pero yo guardo la mía, o la mía se guarda en las gavetas de mis dedos, detrás de la plata que recuerda tu piel, aquella piel que te cubría cuando eras Frieda, cuando tus curvas y tus manzanas y tus dientes me eran asequibles y yo tenía boca en el pecho para comer.

Mi tarea, entre marea y marea y vértigo, será la investigación minuciosa de tu crimen, recuperar la arqueología de tu muerte, determinar con certeza los golpes, las heridas minuciosas que te propiné de lejos, detectar a tu criminal, escondido en un espejo.

Tengo un cigarrillo entre la plata, tengo una boca llena de humo. Yo debo transmitirte ese humo, debo llenarte del aliento mortal, carcinógeno, que permitirá (a costa tuya) la recuperación de la carne, el conjuro que producirá tu golem, el terrorífico despertar de tus serpientes.

En horas exactas leerte sin cuerpo es como una orgía al revés, cuando resucitan las agujas no ponderar tus ángulos, tus extremidades de araña, pensarte toda letra y palabra y lejos y Charmion es ciertamente insoportable, como cargar un tizón de plata o lanzarse al mar. En horas exactas debo hacerme inexacto, debo desgarrar algunos velos que me cubren, extirpar mis testículos y comérmelos con mermelada, agarrar fuertemente la mano izquierda con la mano derecha y arrancarla de cuajo con cuidado de no salpicar la maquinilla, el papel de hierro donde grabo unos signos destinados a ser carimbo de tu piel sin alcanzarla nunca. Ese es el sueño de la maquinilla, la mecánica inmediatez de poder escribirte ruidosamente, realmente, la posibilidad de incendiar tu cama con la colilla de un cigarrillo, mejor aun, incendiarte toda, como en el cuento.

Pero tú conoces mejor que nadie la peripecia, el vericueto líquido de la palabra, tú has escrito en piel y letra cosas indecibles, tú has manejado con competencia infiernos diminutos, tú me has atosigado pesadillas y decapitamientos, tú te mutilas, me mutilas como un papel incendiado, como un ruido intrusivo, una trepanación craneal en búsqueda de un tumor que ya se ha ido, que nunca estuvo, o que habita tranquilo otros aposentos buscando a quién devorar.

Tú has visto mi noche, mi espanto. Tú has imitado mi gesto grotesco, yo tu palabra fluida. Tú te has escondido en mis ataúdes, y yo te he matado a dentelladas mil y una noches. Tú has sido Sheherezada, y en la mil y dos noches te has quedado sin historias y yo, implacable, he ordenado tu cimitarra. ¿O cada historia era un pequeño asesinato, una petit mort, un orgasmo cegador y redentor? Ciertamente muchas noches lo fue, lo es, ciertamente una luz inefable ha brillado de vez en cuando en la psicodelia y el autolvido, en el vientre henchido y relleno de ojos de la noche.
Metafísica del terror, no poder imaginarse el color blanco, o aplicarlo a todo el universo para borrar tu nombre.

Si, para entretener el espanto, dedicaras tus agujas, tus arcos de metal a dibujarme allí, detrás del vidrio, donde pasto con mi mano sangrante entre las bestias, ¿qué formas me darías?

El péndulo que precariamente viajamos ha practicado una vez más el arco. Ahora se aleja, de mí hacia ti, algo de mi piel se va con él, algo de mi hambre. Estoy embarrado de tu carnicería. El péndulo es una espada, con el mango en tu dirección y la navaja en la mía. En ese filo, si eres capaz, se mezclará nuestra sangre.

From: Ariel Frieda
To: Bruno Soreno
Subject: Continúa…

el-pendulo-sobre-la-arena

“After this I call to mind flatness and dampness, and then all is madness — the madness of a memory which busies itself among forbidden things”.

Ya sabes de la manía de acudir a Poe. En horas exactas mi cabeza se llena de péndulos y como Medusa convierto al tiempo en una gran orgía. El reflejo de un cuerpo que se detiene frente al reloj, tu cuerpo detenido, parado como una manecilla inservible que acoge al seis por efecto de gravedad. Tus ojos que de la nada ahora son blandos frente a mis péndulos espejos. Mil movimientos colman mi cabeza. Demasiados péndulos cuelgan frente a ti, tú que me miras decapitada, renunciada a mi cuerpo, mi memoria harta del tic tac terrible que hace el reloj a estas horas, que te detienes ahí, inmenso, casi infinito, alargando los colores sobre mis filamentos de plata que marcan ciertas cosas que sólo tú puedes contar, testigo ocular, culpable, diséctame.

Escríbeme llena de péndulos que danzan tambores en mi nuca, pende la sangre de un animal sacrificado, penden miles de caras entre mis filamentos intentando ir de oreja en oreja, acudiendo a esas chorreras resbaladizas que no pueden ser más que eso, por dentro, siempre por dentro, usted me pende.

Veamos, le decía que era Medusa yo que dejaba extenderme en largos hilos de plata que cuentan el paseo del tiempo. Porque cuando mi tiempo sale a pasear se detiene frente a una ventana y en esa ventana yacen tus dos ojos, como esferas esperando golpear contra el cristal, y luego quién pagará ese vidrio, te preguntas sin darte contestaciones porque ahora me ves rodar.

A tu salud un cigarrillo, mírame, como dejo ir mis partes, como te ofrezco una línea, una ruta o un caminito de cuentos de hadas, no te busques, sólo amontónate, desmenuza tu gravedad.

Mi cabeza rodando y miles de campanas, péndulos que me chocan por adentro, se me incrustan en las paredes, en los límites, ruido de tu maquinilla. No sé por qué… Siempre te imagino escribiendo en una maquinilla. Suenan más, despiertan a la gente; en cambio este ruido que oyes rodar sólo puede pertenecerte. Déjame ser tu personaje. Ahora frente a la guillotina, yo Medusa, sola, sin cuerpo, como sólo una Medusa puede ser, soy condenada a la guillotina. Escríbeme el final, decapítame de nuevo, yo que sin cuerpo ando, y apago este cigarrillo dando una vuelta más.

¿Qué esperas?

January 5, 2009

“Lo dicho”: Una conversación ciberpostal entre Bruno Soreno y Ariel Frieda (Primera Parte)

Escriben Bruno Soreno y Ariel Frieda

(Nota del Editor: El título de un cuento del maestro Poe es un pretexto para que el escritor puertorriqueño Bruno Soreno comparta espacios electrónicos con su coterránea Ariel Frieda. Los dos mensajes que reproducimos a continuación conforman la primera parte de un diálogo ciberpostal que es erótico pero es también literario, que se afirma en sudores pero también en Poe, y que indiscretamente se cuela hasta la Tierra de Letras para deleite de sus lectores).

osiris

From: Bruno Soreno
To: Ariel Frieda
Subject: Decapitaciones

Un ciego soñó una vez a fuerza de palabras un laberinto recto, y no es despreciable dicho laberinto, sino solamente árido y limpio, sepulcro piramidal como aquel otro laberinto que el otro, el mismo ciego soñó plagado de arenas. De un salto de ojos grandes y videntes sueño yo un laberinto intermedio, circular, igual de limpio y de árido pero quizás más económico y atroz, una vuelta perpetua en el plano, un círculo interminable y vacuo, un gemelo atroz del primero, pero peor, porque agobiado de memoria el que se pierde en dicho laberinto recordará para siempre haber pisado cada punto de la circunferencia, y su boca escupitará pesadilla. Un tercer laberinto yo propongo, uno informe, húmedo, fluido y subcutáneo: el cuerpo, laberinto infinito. Un degollamiento, una demolición sistemática del cuerpo dividido es anatema, es multiplicar el dominio del cuerpo, es proponer un diálogo y traer a colación una cuestión de poder. El poder toma la forma de la recta, el deseo la de lo curvo. Recta es la guillotina, curvo es labio, el seno, el dulce pezón atravesado por telarañas frutales, el destilador inútil de grasas fuertes, el centro del laberinto circular.

Tecnología de la mutilación, la palabra. Forma de desformarse, de asegurar la imposibilidad de encarar los rostros, el rostro, si es que encarar significa en este caso una prestidigitación, un gesto mántico, de coordinarse la cabeza y el cuerpo en su separación para contener la geografía sinuosa del deseo, del rostro elusivo y deseado.

Un espejo.

¡Mira, y que desnudar los dedos! ¿Y qué del frío? ¿Y qué del remeneo incesante del viento bailando el baile de San Vito entre las costillas de la osamenta? Tu metamorfosis es una vestimenta, un rizoma proliferante que te viste, que te cubre, que ansía materias de contacto, de protección ante lo inclemente (aunque no dudo de su capacidad erotizante, su uso del éxtasis como moneda de trueque, como interacción entrópica, termodinámica, de estabilización del sistema). Las sortijas de hielo son un guarecerse, son una hoz práctica que se encargará en su momento de desgarrar los filamentos, rellenar el hueso de lo húmedo, asediar lo chamuscado, encarar la desnudez atroz, rasgar la piel, provocar el grito, el aullido, el jadeo y el orgasmo de ser necesario.

En cada dedo una palabra, como una muerte. Pequeña.

Una pérdida en el laberinto, sin alas, sin minotauro, sin círculos ni rayas ni arenas, un meterse al cuerpo por la boca, por el recto, por el embudo del ombligo deteniéndose sólo para presentir el exacto momento de la penetración. Una sortija de ángel extraviada en una boca. Dientes devorando metales, como truco de freakshow, tragadura de espadas. Un blowjob. Una sombrilla dorada bajo la cual guarecerse de la llovizna fría de palabras heladas, donde poder estar desnudo, caliente, desvariado de sí, casi mecánico.

De cierto modo, un deseo que es una desafiante sinceridad.

Porque la piel es a la carne como la cabeza al cuerpo, es una sinceridad insólita admitir el cuerpo no como burbuja del aire sacro sino como un laberinto infinito, como una capacidad de pieles infinitas, y debajo sólo huesos, laberintillos blancos donde anidan y se reafirman los filamentos, las protuberancias ectoplásmicas que se cuelan por los ojos, los oídos, la boca de las bellas brujas, las madejas de las medusas irresistibles.

¿No es acaso un cuerpo lo que ansían asir tus filamentos? Ciertamente. Lo incierto, lo difuso, es el conocimiento de ese cuerpo, su calificación bajo la lápida de un nombre, de un género, darle cierta geografía y cierta pertenencia. ¿Un muerto? ¿Un Otro? ¿Un Yo? ¿Acaso la radical desavenencia de la cabeza, de su insistencia y sus advertencias no es esconder el sol sin tener manos, desaparecer de la memoria el tajante recuerdo de que ella se inventó al cuerpo, de que el cuerpo fue un tejido carnoso que ella pacientemente bordó en las noches sin luna? ¿Acaso no era Ulises un simple diseño en la tela perpetua que tejía Penélope? ¿Acaso tus tentáculos, tus oculares, auditivos y bucales filamentos no se entretienen realmente en tejerte un cuerpo, no en buscarlo en un afuera sino construirlo alrededor de los huesos, allí en el hueco debajo del mentón?

Ingenierías prodigias de tu suculenta carne.

En cuyo caso, pedazos míos, esquinas afiladas mías quedarán atrapadas en tu red, despojos de mi carne y mi piel igualmente inventada (¿por mí? ¿por ti?) se enredarán en esa nasa, esa planta enredadera que puebla tus curvas, los cuchillos de los dedos quedarán entonces incrustados en esa nebulosa húmeda y palpitante y atestada de dientes y uñas y hormonas y epitafios que hemos concedido en llamar “tú”.

Un sofisma entonces, la diferencia.

¿Dónde termina la piel y dónde comienza la carne? ¿Dónde el dedo y dónde el metal? ¿A qué boca pertenece una lengua capaz de ocupar cuatro labios al unísono? ¿Puede el falo de Onán pararse al encarar su propia cabeza desmembrada?

La palabra, la piel es una estrategia contra el humo, como lo es el olvido. El humo es lo que ocupa la insaciable boca de la carencia, la boca que besa sin dejar aliento, la boca mantis religiosa, el cuerpo muere y eyacula instantáneamente. Quizás, de pasadita piensa en su madre, en una sortija, un cuervo, una canica, un libro de Cortázar, una hecatombe.

La caricia implica al cuerpo, lo compromete. La caricia asortijada lo rasguña, pone a funcionar la geometría de modos no euclidianos, sin importar en qué punto de la masa se actúe, se alerta a la cabeza.

Efecto a distancia. Del lado allá al lado acá de la guillotina.

Este instante que “es repentinamente y sólo vuelve a ser en la memoria”, ese punto donde tangencian la recta y el círculo, esa zona intensa que puebla cementerios enteros de nombres (muerte, orgasmo, palabra, piel, nombre, guillotina, caricia, bala, decapitación, soledad), no es otra cosa (o es todas las otras cosas) que esa puesta en alerta de la cabeza, de ese contacto entro-metido de la carne con la carne o la masa con la carne. Es la caricia de la cuchilla en la nuca. Tanto la cabeza de la víctima como la del verdugo son puestas en alerta: una en alerta de la otredad de su cuerpo, la otra de su futura separación (por eso el muerto queda “convertido en verdugo”). Todo entonces una inmensa despedida, un terror y un estremecimiento ante la inminencia de la catástrofe que es la separación de la piel, el regreso a la carencia de la que nunca se salió.

Noches oscuras y alucinadas, el cuerpo y sus fluidos atestados del elixir de la muerte, balbuceando, rodando por el aire pesado del suelo, gritando, chingando cuerpos sin nombres en camino al pozo, ocupando no dos sino mil ataúdes simultáneamente, cagándome en la boca de mi propia cabeza, haciendo mal las sumas y bien las restas, mutilando mi cuerpo (templo del espíritu santo, que pronto me desahuciará seguramente) practicando rituales ignominiosos y olvidadizos que preparan a uno para el desnucamiento, el degüello que implica el alba, la despedida de la verdad y el regreso a la mentira de que uno es uno y no diez mil, a la mentira despiadada de que yo no soy tú, de que nunca seré tú.

Quedas invitada cordialmente a la próxima función.

Esta es mi aportación al epistolario electrónico que sin duda alguna conformará una de las literaturas más alucinantes e interesantes de este paisito. Dime pronto lo que opinas. Y el chiste de todo es que ni siquiera es literatura sino algo más visceral y siniestro, sospecho, aun con todos los bosques oscuros que lo pueblan y todos los fantasmas, algo más real. Espero la próxima y me entusiasma mucho este intercambio, este diálogo de ataúd a ataúd. Considera que si sigue así de bueno, esto es publicable, además de que es un modo, al menos para mí, de decirte tantas cosas de la única verdadera forma en que es posible escribirlas. Quizás este es nuestro idioma verdadero.

Que el tejido que fabricas con tus madejas infernales incluya, en sus fabulosos paisajes, mi osamenta.

Osiris, el conde decapitado.

PS: El primer párrafo de tu texto, entre comillas, ¿es tuyo o es de otro? Si es tuyo debes saber que está KABRON y que quiero leer el resto. Si es de otro me gustaría que me dijeras de quién es, porque me interesa. Te pregunto porque aunque todo tu texto mantiene la calidad genial de ese texto (lo que digo en el párrafo anterior no es por decirlo, va en serio) noto una diferencia entre el estilo de ese párrafo y tu incomparable estilo, que sospecho sólo yo he logrado apreciar y disfrutar a cierto nivel (que no a cabalidad). Disculpa la soberbia si me equivoco o me creo el ombligo.

bernini_medusa

From: Ariel Frieda
To: Bruno Soreno
Subject: Como todo, continúa…

“After this I call to mind flatness and dampness; and then all is madness — the madness of a memory which busies itself among forbidden things”.

Siempre acudo a Poe, ya sabe usted de esas manías. De todos modos en estos momentos sólo cosas como péndulos deshacen mi cabeza. Si fuese la Medusa yo, sería una de filos cortantes, blandos, como péndulos que se suspenden de lo que me cubre, que tienen maniobras planeadas para mis ojos, mandrágoras flotando por mi iris, mi ojo, ojo péndulo, desechando mi cabeza con un movimiento adverso que me decapita.

Pero usted también sabe leer al tiempo. Digo, cuando se inventa, cuando éste acude a su existencia, usted sabe contar horas, minutos, con su tic tac de plata en los dedos, cuchillos afilándose en la cocina, filos que danzan tambores en mi nuca, como un asesinato de imprevisto en el que usted no puede matarme si no es que antes se deshace del intento.
Medusa yo, me tuerzo los brazos, me los parto, los dejo como migajas de pan, cuento de hadas, no sin antes desafiar la luz, que, como el tiempo, en este rumbo nada tiene que ver. Así que usted seguirá olfateando, como una bestia, un perro rabioso, los trozos que se despegan de mi cuerpo, porque prescindimos de la geometría, Medusa yo, pongo a rodar mi cabeza llena de péndulos colgantes, tic
tac
                                           tic
                                                                               tac
                              tic
tac
cada vez me extiendo sobre el suelo, y allá abajo, sin luz enciende mi cabeza un cigarrillo, y yo Medusa dicto el ritmo de tus dedos que escriben sobre una maquinilla imaginada. Siempre te imagino frente a una maquinilla.

Puedo hablarte, yo fumando desde este piso frío, mientras suenas los huesos, bostezas, tú, cuerpo carente de ojos, de dientes. Insisto saborear el humo desde tu bandeja, mis péndulos surgen de mi cabeza como si fuesen monstruos marinos, rasgan el aire, la esquina fría del aire, el tiempo sabe estremecer tu sombra.

Calcino desde mi boca el aliento, cuando se escribe como tú lo haces (y sólo tú sueles hacerlo) se abren demasiado los ojos, se prescinde de los párpados y es como si hubiese un agujero colmado de reflejos, del reflejo de un cuerpo que mira un reloj, del reflejo del cuerpo que se convierte en serpiente cuando se anida en el péndulo, Medusa no tiene memoria pero tú sí… Por eso no puedes dejar de derramar palabras como mercurio, no te importa la forma, sino sólo descender en ese ir y venir, tic, tac, está de más poner aquí la palabra tiempo.

Y si yo Medusa te observo febril, me acojo a la memoria más mediocre y sólo puedo asociar de tu mercurio la fiebre… deshojo el cigarrillo, derramo las cenizas y me quemo, me dejo quemar, y un péndulo caliente es infierno para un hombre. Si me columpio, si me imagino en mi propia cabeza yendo y viniendo agarrándome de las orejas que por dentro son sólo chorreras resbaladizas, si me convierto en mano que desmembra mis propios recuerdos, y te encuentro, así convaleciendo, sudando bajo las frazadas, te desarmo, escribe encima de mí, yo fumo por ti, te condeno péndulo, métete en mis huesos y a la hora de bajar grita bien fuerte, que el reloj se oiga en todas partes.

Escribe.

Continuará… Pronto aquí se publicará la Segunda Parte…

January 2, 2009

“Lo dicho” una conversación ciberpostal entre Bruno Soreno y Ariel Frieda

pan

De la Redacción de Estruendomudo

Los escritores fantasma Bruno Soreno y Ariel Frieda convocan a sus lectores posibles a un encuentro virtual en esta página, que publicará de forma periódica el texto a cuatro manos inspirado en Poe y de su autoría titulado “Lo dicho”.

Antes de pasar a página, hay que recordar que Ariel Frieda ha permanecido “in situ sepulcrus” hace más de una década papelera y que no es hasta ahora que hace el “crossover”.

A continuación, y a modo de carnada, por supuesto, el adelanto de la primera entrega:

From: Bruno Soreno
To: Ariel Frieda
Subject: Decapitaciones

Un ciego soñó una vez a fuerza de palabras un laberinto recto, y no es despreciable dicho laberinto, sino solamente árido y limpio, sepulcro piramidal como aquel otro laberinto que el otro, el mismo ciego soñó plagado de arenas. De un salto de ojos grandes y videntes sueño yo un laberinto intermedio, circular, igual de limpio y de árido pero quizás más económico y atroz, una vuelta perpetua en el plano, un círculo interminable y vacuo, un gemelo atroz del primero, pero peor, porque agobiado de memoria el que se pierde en dicho laberinto recordará para siempre haber pisado cada punto de la circunferencia, y su boca escupitará pesadilla. Un tercer laberinto yo propongo, uno informe, húmedo, fluido y subcutáneo: el cuerpo, laberinto infinito.

January 2, 2009

Mini-cabs

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en extranjería

taxista

Escribe Guillermo Rebollo Gil

Especial para Estruendomudo

mini-cabs

las luciérnagas en nada son como estómagos.
¿por qué la controversia?
fumamos demasiado hasta dejar
en cero los ceniceros
y encender.

¿qué de la palabra para vejiga
en francés,
si la gente más linda seña el alfabeto entero?

sacudamos los retrovisores*
como globos de nieve,

mirándonos caer.
*m.p.

 

mini-cabs (2)

los embalsamadores, sabes, hacen panaderos de primera
y abren hasta tarde.
¿te animas?

despierto a tiempo sólo para constatar
que los nombres de gatos
no guardan relación con el tamaño de tus pies.
sin embargo, permanecimos vestidos.

es de esperarse

la fila para el pan
a menudo rebasa el hambre.

January 2, 2009

Cuadernos de la Hermétika 5 (Wounded Knee Postcard)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en cuadernos de la hermétika

Epígrafe

Resulta de todos modos singular que esa caída haya tenido lugar en esa fecha, tú misma me lo dijiste: nueva era de “remisión”, víspera de vacaciones, la patineta del hijo, la desafortunada exhibición frente al padrastro, todos esos textos y esos sueños de andares, de pasos, de tobillos, de zapatos que bailan a mi alrededor desde hace tanto tiempo, pero de manera más literal, por decirlo así, desde hace dos o tres años.

-Jacques Derrida, La tarejeta postal: De Sócrates a Freud y más allá.

December 29, 2008

Postales para Estruendomudo en su 4to Aniversario (5)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

curia-celestial

Escribe Gloria Carrasquillo Padró

Querido Mando:
 
No podía dejar de enviarte mi Postal, aquí va con mucho amor:
 
El número cuatro, número mágico que encarna los cuatro elementos:  tierra , agua, aire y fuego. Recuerden que son cuatro los puntos donde según el Génesis, se crea el universo. Estruendomudo se espera que siga galopando como los cuatro jinetes del Apocalipsis (con ojos por delante y por detrás) después de resonar en los cuatro puntos cardinales isleños y continentales.

También son cuatro los famosos e inmortles Beatles y los Tres Mosqueteros (que en realidad eran cuatro).  Al igual que ellos, este blog se lanzó a incurcionar en cientos de enbelecos noveles: microrrelatos, crítica literaria y política, poemas, ensayos epistemológicos unos y medio apendejados los menos… trastornos mentales del editor y sus fieles  colaboradores. No podemos olvidar las intrépidas y muy divertidas novelas por entrega -en el ancho espacio cibernético- que nos mantuvieron pendientes, con los pelos de punta y los ojos trasnochados y trasnochadas, día a día.

Qué posmos ni qué posmos, lectores de todas clases salieron de sus escondites y han colaborado a brazo partido durante este tiempo de cruceta, casi nada: 48 meses… Sufran los que creyeron que naufragaba el mudoparlante que navegó contra viento y marea y hasta en plenos preparativos de infame reválida y ahogo sobrio en la orilla en domingo de resurrección.

Cuatro son los juicios kantianos: crean que Estruendomudo entra en lo sólido-lo tangible y en aposterioris. Como que entra en los laberintos intangibles de trabalenguas y en dicciones iconoclastas de atrevidas diatribas de temas kinkis y sin tapujos. Ahh… y no se nos puede quedar que sin temor a la implacable esmeraldina envidia e inquisidora censura, la cual la se pasa por donde no nos da el sol, ha gritado a los cuatro vientos lo que le ha venido en gana. Sí, se han atacado a los no tan temidos rivales de la cursilería y la hipocresía.  Han temblado unos y reído otros a diente pelao cuando a rajatablas el estruendo ruge implacable.

Por último, pasemos a la analogía de los Cuatro Evangelistas ya que, sin duda alguna, Estruendomudo trajo la revolución en las buenas nuevas, en el cuarto poder, en el arma de la abundante e inagotable fuente de la lengua escrita y en la metafora atrevida y el rico hiperbaton.

Enhorabuena!

Feliz cuarto aniversario.

December 29, 2008

Postales para Estruendomudo en su 4to Aniversario (4)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

gati

Escribe Farasch López Reyloz

“Saca la gata de la canasta, que tiene las patas encalambrás, sácala, sácala…”

¿Y si a un blog se le encalambraran las patas y un trémulo frío arropara su tinta fraudulenta e impostora, necesitaría muletas para dar brincos aun padeciendo el polio del olvido?

Estruendomudo es más que Manuel Clavell y que un bonche de colaboradores pajeros que compartimos alucinaciones. La escritura se despereza y se independiza de su propio administrador… cosa curiosa ésa de administrar las letras como si se sometieran al mercado, al presupuesto, al cuidado o a la estructura.

La cursilería navideña es suficientemente ruidosa para despertar del sueño de los justos hasta a los más perversos. Así que, como un Drácula que ve caer la noche por primera vez en siglos de bastarda claridad, se levanta LázaroEstruendomudo porque todos pegamos un grito cuando “a las dos de la mañana nos comimos un sopón y se nos pegó un dolor a las 2 de la mañana”.

El silencio impertinente, todo es culpa de Manuel, “puerca sinverguenza, puerca sinverguenza, puerca condená, me dejó la gente toíta esmayá.”

Pero el estrago literario no nos mató, ninguno de los pajeros ha muerto y, como si de la coreografía de Thriller se tratara, hoy bailamos las danzas de la muerte espantá, y así, mientras el Clavell Floripondio reabre la página y le da RCP al estruendo a fuerza de aire mudo, “yo me tomo el ron y la cerveza fría porque en Bayamón llueve tó los días.”

December 20, 2008

Cuadernos de la Hermétika 4

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en cuadernos de la hermétika

Una palabra por otra
Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

Tal vez este imperio de la confusión que es simplemente aquel donde se representa toda la ópera bufa humana merece que nos detengamos en él, para comprender las vías por las cuales procede el análisis no sólo para restaurar allí un orden, sino para instalar las condiciones de la posibilidad de restaurarlo. -Jacques Lacan.

El conocimiento de tu pérdida usó el teléfono. Anunciaste el desmontaje de la relación. Un estar encajado en el otro, con él, moría en plena sucesión de una cadena de palabrotas mal dijías. Me cago en na. Esos eslabones descendieron a la mierda, por lo que en el wii de nuestro jueguito hacían función de sostener la lápida que tapiaba el pozomuro de las caricias reprimidas en la oración: piel se quita piel.

Así, las ondas de comunicación celular me rebotaron en los tímpanos. Hice mutis. El silencio acabó con la conversación. Un parloteo sistemático, unas rutinas específicas de las cuerdas vocales para nombrar, gritaron como les salía en ristras lo innombrable tuyo y mío por vez última.

Luego, la orfandad.

Un frío navideño se adueñó del hueco y ahora no escucho ni siquiera el uuuu. No hay lengua afuera dispuesta a complacer. Seca, cortó. Arranqué un fue.

Ello quiere decir [exemplium] que en el centro del templo imaginado entre los meses del 2008 cesó el Kirie, Señor… mío y dios mío, tras la rasgadura del velo y ese algo pesadillezco indescifrablemente orgiástico se jodió.

El escándalo omega, de ahí lo saco, tuvo el efecto microzángano de hacerme ver un repasito de la historia que no se puede volver a contar. La fábula, ciega en sí misma, iluminó. Se supo que era irremediablemente imposible regresar al camino recorrido -ya hundido el send. O sea, que el mensaje es búmeran, búmeran, búmeran, díjole el Puma en un arrebato de mariconería icónico para Latinoamérica entera. Vale, José Luis encocao, el eterno retorno de su profecía telenovelera se alojó en ambos corazoncitos muertos. Pues protocolo, CPR.

Entonces la pena no vale el la. Quisiera creer la respiración boca a boca reconstituyente de circulación por los vasos sanguíneos como antídoto del coitus interruptus. Quisiera ser otro espresso en el café, el mismo Hombre Lobo, dos pitillos y tres copas de vino más.

-Mas no más. 

-Auuuuuuuuuuuuuuuuuuu.

-No, mas, ¿qué?

(Misscall.)

December 19, 2008

Postales para Estruendomudo en su 4to aniversario (3)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

La debacle sigue
por Tomás Redd™

Letra inspirada por “La Fiesta de Pilito” de El Gran Combo

Si el año pasado
tuvimos problemas
quizas este año tengamos más

Pero no se apuren que estruendomudo
4 años lleva ya

Y cuando se está
acercando la fecha de su aniversario
es fecha pa’ vacilar
y tú no olvides viene
otro año de estruendomudo, época de vacilar

Como dice su padre, Manuel Clavell:
a comer pasteles, a comer
lechón, arroz con gandules
y a beber ron, que venga morcilla
venga de tó

y que se chave tó compai
olvidemos tó ok y a gozarlo tó

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December 19, 2008

Postales para Estruendomudo en su 4to aniversario (2)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

Luis Andrade del blog Cambios y Reflexiones, fiel lector y colaborador de este imbunche maldito con guille pequeñoburgués, nos envía estas tarjetas postales rockeras en celebración de nuestro cuatrienio. Un abrazo Luis, saludos a Julie y gracias, m.

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December 19, 2008

Postales para Estruendomudo en su 4to aniversario (1)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

Estruendomudo es una tortura, de esas que molestan por el día, pero te dejan con un picor placentero por la noche. También ha sido un dolor de cabeza intenso y una arruga en el ceño que no hay Botox que la quite.

¡Feliz aniversario!
Mariela Fullana Acosta

December 17, 2008

En cuatro: Homenaje a los ídolos de Estruendomudo en su 4to aniversario (B)

Por: Manuel Clavell Carrasquillo en estruendomudo

libros-arden

Escribe: Manuel Clavell Carrasquillo

El poeta Rafah Acevedo hace una invitación pública a través de Facebook para que sus friends hagan la lista de los mejores libros que han leído en el año 2008. Les presento la mía como anticipo al cuarto aniversario de este blog, que se celebra el 31 de diciembre a las 11:59 de la noche.

He aquí mis fetiches literarios de 365 días; los de cabecera, los que me han hecho pensar y gozar en silencio, los que -en su mayoría compré como resultado de un vicio incontrolable en la librería La Tertulia del Viejo San Juan y Río Piedras, o me regalaron, los que quisiera compartir con todos los amigos y también con los extraños.

Autosucción, Arnaldo Sepúlveda

Clarice: Una vida que se cuenta. Biografía literaria de Clarice Lispector, Nadia Battela Gotlib

Boringkén, Urayoán Noel

Los libros arden mal, Manuel Rivas

Un hombre, Oriana Fallaci

Historia de la sexualidad 1 y 2, Michel Foucault (Relectura)

Half a Life, V.S. Naipul

Inquisiciones peruanas, Fernando Iwasaki

None of the Above: Puertoricans in the Global Era, Frances Negrón-Muntaner

Canto castrato, César Aira

La historia y el siglo inconsciente, Esteban Tollinchi

Code and Other Laws of Ciberspace, Lawrence Lessig (Relectura)

Other Colors: Essays and a Story, Orhan Pamuk

La cabeza, Pedro Cabilla

La tarjeta postal: De Sócrates a Freud, Jacques Derrida

Fiel fugada, Noel Luna

Dos centímetros de mar, Carlos Vázquez Cruz

Hugo Margenat: Poeta agónico, Ramón Felipe Medina

Sexto sueño, Marta Aponte Alsina

“Hay muchas cosas por leer y la vida no es tan breve como se piensa, dice Roberto Bolaño, así que con él los dejo en el video.

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