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by • 06/12/2020 • PretextosComments (0)260

Lamentaciones de cafetín

Por Manuel Clavell Carrasquillo

De la Redacción de Estruendomudo

Entrar a los cafetines, barras y colmados híbridos de nuestros barrios con las bocas abiertas, saludando a grito limpio a medio mundo y desatando sin piedad las lenguas viperinas para coger de punto al más débil del local es una típica costumbre del legendario macharranismo puertorriqueño.

Según esta ruda tradición, los hombres que se acercan de las calles a los mostradores a pedir tragos de ron, cigarrillos, alimentos enlatados o productos de primera necesidad para completar los mandados de las mujeres tienen que hacerse notar de inmediato.

No está bien visto que viejos ni jóvenes pasen desapercibidos en chinchorros y ventorrillos porque la reserva de cualquier tipo, la timidez y el silencio, allí denotan una debilidad impermisible. Levantan burlas y enormes sospechas que desembocan en pugilatos y malentendidos.

Al cafetín se va a presumir conquistas de mujeres, conexiones y trabajos. También al bar se acude a compartir desgracias. A dar manotazos y a juzgar sin piedad. A la tiendita de la esquina con licencia para vender alcohol se llega, además, a buscar o a soltar información confidencial sobre el prójimo.

Estos son los espacios tóxicos del salvajismo nacional, donde los varones de la comarca se han encontrado para desprestigiarse, desahogarse, consolarse, amenazarse, apoyarse y herirse desde finales del siglo diecinueve hasta el presente con navajas, insultos y risotadas.

Algunos colmados-cafetín han fungido en nuestros pueblos como cuevas del rechazo, el choteo y el maltrato generalizado a las mujeres, homosexuales y otras minorías. Niños y adolescentes se adentran en ellas solos o acompañados por sus padres, tíos, abuelos o primos para comprar dulces, refrescos, chucherías y encargos. Mientras tanto, se hacen “hombrecitos”, bregando e interactuando con gente indeseable entre comentarios hirientes, tufos, música escandalosa, preguntas íntimas y obscenidades.

Por estas razones, algunos cafetines han sido las “bases militares” de la crueldad puertorriqueña, donde se ha ofrecido por más de un siglo la clase magistral de la masculinidad cruda. Nuestros “soldaditos”, a todo pulmón y frente a todo el mundo, deben pasar con altas calificaciones el “entrenamiento básico” que consiste en soportar borrachos, chillerías y ligones; todo esto como ejercicios de práctica para aguantar los duros cantazos que sufrirán y los peligros que tendrán que enfrentar en la vida adulta.

Algunos han continuado este rito social generación tras generación, entre juegos de dominó, pinchos de carne o de cerdo, balas perdidas y papeletas del hipódromo, pero otros han salido muy estigmatizados y violentados por la forma en que los “dones”, así congregados en hermandad machista, han percibido y rechazado sin nada que los detenga su vestimenta, peinados, gestos, accesorios, movimientos y tonos.

En estos chinchorros es que ocurre el dispendio al detal y pueblerino de los placeres, la política y los negocios turbios que se disimulan fuera de los radares del civismo y la formalidad representados por las iglesias cercanas, las alcaldías vecinas, las escuelas próximas y los cuarteles adjuntos que intentan, sin éxito, imponer su orden; también a la cañona.

El gobierno, por ejemplo, ha explotado esta imagen decadente que guardamos en nuestra memoria colectiva, a través de la demonización por decreto, para combatir en forma simbólica la pandemia que nos azota mediante órdenes ejecutivas que disponen cierres de cafetines, bares y chinchorros.

Como si las “cuatro paredes” deterioradas de estos lugares “malditos” fueran caldo de cultivo del virus de la COVID-19 y no así los “pulcros” muros de los restaurantes y otros sitios similares. ¿Acaso en los segundos no se ejerce con igual fuerza que en los primeros el jangueo virulento y el discrimen, pero con etiqueta y sin signos de pobreza?

Con estas regulaciones de serenidad mediática parecería que ni el machismo rampante ni el coronavirus arrasador penetrasen los “food courts” clasemedieros de los centros comerciales ni los comedores gourmet para la gente rica. Es como si para el aparato represor del estado la fiebre estuviera en la sábana, por lo cual se les receta clausura a las barras “de mala muerte” y no a los templos para curar los males sociales.

Justificando este salubrismo cosmético en medio de un evidente caos administrativo y presiones de los sectores empresariales, muchas personas pretenden calmar sus conciencias culpables conformándose con señalar que el problema es el ambiente, “esa gente que no se sabe comportar en esos bares sucios”.

Alegan que lo que hace falta es desinfectar este país “con un mapito” y luego subir a la Internet fotos de la limpieza pues, total, “la salvación es individual”, mientras tranquilamente se dan “los vinitos” con los “panas” profesionales en chinchorros glorificados y apartamentos, formando garatas y escarceos hasta convertirse en supercontagiadores.

Peor aún, cualquiera puede deducir que la exageración de las prohibiciones de los contactos barriobajeros se ha diseñado para no tener que mencionar siquiera la necesidad urgente que tenemos de transformar las relaciones sociales en nuestro contexto subdesarrollado.

Es evidente que tras estas medidas moralistas impuestas a la brava se ocultan las profundas desigualdades que hay que resolver en esta isla, calle por calle, incluso en los cafetines; más allá de leyes y cartas circulares.

Esta columna fue publicada el 28 de noviembre de 2020 en Noticel.

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